Recordando el milagro de 1989

23 ago 2019 / 00:01

Este mes se celebra el 30 aniversario desde que Europa y la civilización humana en general comenzaron a experimentar una transformación milagrosa. En el verano de 1989, la Unión Soviética ya estaba en caída terminal. El único interrogante era si el comunismo se desintegraría pacíficamente o en medio de una explosión de violencia y devastación. En la propia URSS, las políticas de glasnost y perestroika de Mijail Gorbachov habían abierto las compuertas del cambio, pero Gorbachov todavía parecía creer que el sistema comunista podía salvarse a través de la reforma. En la periferia del imperio soviético muchos temían que un potencial colapso del sistema traería de vuelta los tanques del Ejército Rojo a las calles y las plazas de las ciudades. Los recuerdos de las persecuciones soviéticas en Berlín en 1953, Budapest en 1956 y Praga en 1968 se mantenían vivos, y la severa represión de los Estados bálticos en el período previo a la Segunda Guerra Mundial. Nacida en el terror, a la URSS la habían sostenido las botas militares y la policía secreta. Nadie sabía si podía sobrevivir sin recurrir a la fuerza bruta una vez más. Eran momentos de nerviosismo para Europa, pero también de cambio. Los esfuerzos por sofocar al sindicato independiente de Polonia, Solidaridad, habían fracasado. Obligado a llegar a un acuerdo, el régimen comunista polaco llevó a cabo elecciones semilibres en junio de 1989. Solidaridad ganó todas las bancas en disputa excepto una. Y en las tres repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania), amplios “frentes populares” ya venían reclamando más autonomía de la URSS, pronto empezaron a exigir plena independencia. El 23 de agosto, dos millones de personas formaron una cadena humana que se extendió por 600 km en Estonia, Letonia y Lituania, reclamando independencia. Algunos piensan que el cambio trascendental que comenzó en 1989 era inevitable. Pero en junio de ese año los dirigentes ancianos de China habían desplegado tanques para aplastar el movimiento pacífico por la libertad en la Plaza Tiananmen. Y muchos líderes comunistas reclamaban una “solución china” para las manifestaciones de 1989. En el puesto de comando soviético al sur de Berlín mariscales del Ejército Rojo esperaban órdenes para entrar y salvar al imperio por cualquier medio. ¿Qué habría sucedido si se hubieran impuesto fuerzas más conservadoras al interior del Kremlin? Lo más probable: desorden y violencia generalizados en gran parte de la región, lo que habría puesto a Occidente bajo enorme presión para intervenir. Una guerra abierta habría sido una posibilidad clara. Los grandes imperios a lo largo de la historia generalmente se han ido con estruendo. La experiencia soviética fue una excepción. Afortunadamente, esa orden al Ejército Rojo nunca se emitió. Los líderes soviéticos creían, erróneamente, que una represión era innecesaria, que el sistema sobreviviría. Además fuerzas democráticas estaban empezando a afirmarse dentro de la propia Rusia. El líder en ascenso en Moscú, Boris Yeltsin, no sentía apego por la nostalgia de un imperio sobreextendido e insostenible. Europa experimentó meses verdaderamente milagrosos. Hoy deberíamos honrar a quienes pelearon por el cambio y a quienes se negaron a enviar los tanques. Podría haber vuelto a correr sangre por las calles de Europa.

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