El ‘Buen salvaje’ está de vuelta

Quito /
05 nov 2019 / 00:01

    Diez días que estremecieron el mundo: así tituló John Reed, un periodista estadounidense, un libro que escribió en 1919 sobre la revolución rusa de octubre de 1917. Algo parecido se podría escribir sobre esos días de octubre que estremecieron la mirada que la sociedad ecuatoriana tenía sobre los indígenas y su rol político. En 12 días, dirigentes como Jaime Vargas y Leonidas Iza se encargaron de pulverizar algunos de esos mitos que algunos intelectuales serranos y muchas Organizaciones No Gubernamentales, ONG, nacionales y extranjeras, han construido sobre ellos.

    En los hechos, los indígenas hacen parte de los sectores más pobres y relegados de la sociedad. En sus territorios hay desnutrición, analfabetismo, desempleo, atraso tecnológico, vías en mal estado, endeudamiento crónico, baja producción... Esas realidades, contra las cuales no ha habido planes gubernamentales sistemáticos, han sido usadas para edificar lecturas políticas e intelectuales que bien podrían caber en el mito del “Buen salvaje”, que Carlos Rangel se encargó de destruir hace más de 40 años.

    Hay cargas románticas alrededor de la miseria que no solamente idealizan a estas comunidades sino que las convierten -por fuera de su valores propios- en iconos de causas que poco o nada tienen que ver con la realidad. Por ejemplo, los indígenas, por prurito antiestadounidense, son comunidades puras (desde el punto de vista étnico) o ético (gente sana, buena y casi ingenua por oposición a la supuesta decadencia de Occidente). Los indígenas son las víctimas eternas de 500 años de opresión colonial y de los años que cada uno quiera dar al predominio del imperialismo de Estados Unidos. En definitiva, mitos necesarios en ciertos imaginarios políticos. Y Jaime Vargas y otros políticos e intelectuales de la izquierda de la guerra fría, lo saben. Y los explotan en vez de dedicarse a remediarlos.

    La prueba es la propuesta política que hicieron el jueves pasado al país tras la revuelta, y como producto de la reunión del Parlamento popular que se idearon. Es un claro intento de reactivar algunos de esos mitos devolviendo el reloj histórico. Fin de siglo pasado: tras la irrupción indígena en la escena nacional durante el gobierno de Rodrigo Borja, y ante la crisis de representación de los partidos políticos y los movimientos sindicales, los indígenas fueron considerados, en la Sierra, como el sector social y étnico que podía encarnar mejor una suerte de proyecto nacional. Ellos fueron dirimentes políticos, con sus bases convertidas en ejércitos en las calles de Quito, para sacar gobiernos. Y fueron decisivos en la elección de Rafael Correa. Como lo fue Alberto Acosta desde la tribuna de los intelectuales.

    Ese intento está de vuelta. Por eso los líderes indígenas no han negociado nada específico para sus comunidades a pesar de que el gobierno ha ofrecido sistemas de riego, reestructuración o condonación de deudas, centros de acopio, adecuación de 500 kilómetros de vías, proyectos tecnológicos de desarrollo...

    Los indígenas volvieron a su libreto: ir a Quito a tumbar al presidente (Moreno se salvó porque se trasladó a Guayaquil) y hacer campaña política (mientras amenazan veladamente con repetir la asonada) teniendo al gobierno de rehén, a la ONU de testigo y a la nación de interlocutora y supuesta beneficiaria. Lamentablemente para los líderes indígenas, la historia no se repite, sus actitudes terroristas aniquilaron algunos mitos y la vieja izquierda, que escribe sus documentos, no podrá convencer al país de seguir con el correísmo, pero sin Correa. Porque es eso lo que quieren.

    Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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