La ruta hacia la guerra con China

11 may 2019 / 00:55

A lo largo de los últimos dos años, las élites dedicadas a la política exterior de Estados Unidos han elegido más a menudo a China como competidor y como enemigo, al mismo nivel que lo fue la Unión Soviética. Aunque la retórica antichina en EE. UU. no es nueva, el gobierno del presidente Donald Trump la ha agudizado y amplificado enormemente, a pesar de los profundos lazos económicos entre los dos países, la abundancia de colaboraciones científicas y educativas, y la políticas exterior consistente de China de no intervenir en los asuntos de EE. UU.

Figuras prominentes contra China en Washington son el director del FBI, el actual director de la Oficina de Política de Comercio y Manufactura de la Casa Blanca; el senador Marco Rubio, y Derek Scissors, del American Enterprise Institute. Haciendo eco del lenguaje de la Guerra Fría, ellos demonizan a China como un Estado totalitario que amenaza con anular el orden mundial liderado por EE. UU. Y el gobierno de Trump trata de contener el auge económico y geopolítico de China mediante tácticas de alta presión, como instar a los aliados de EE. UU. a no comprar productos tecnológicos chinos o a no venderle tecnología avanzada.

Todo el tiempo que EE. UU. clasifique a China como “país par competidor” lo tratará como una amenaza, incluso si los líderes de China se acomodan a lo que quiere EE. UU. En las actuales negociaciones comerciales si EE. UU. no obtiene lo que quiere, simplemente impone aranceles y sanciones; esencialmente ha abandonado la diplomacia porque debe mantener su supremacía mundial a toda costa. Cuando terminó la Guerra Fría EE. UU. redobló su ahínco en usar la fuerza militar y se designó a sí mismo como la “nación indispensable” con autoridad para actuar cuándo, dónde, y cómo estime oportuno.

Estas élites abogan por una gran estrategia de “hegemonía liberal”. Pero aunque pretende promover valores liberales, la estrategia es altamente revisionista: busca rehacer la política doméstica en todas partes. Como resultado, ha llevado a cabo una larga serie de guerras sin sentido que han dado como resultado Estados fallidos (Libia) y largas ocupaciones (Afganistán). Los llamados expertos que se presentan en la TV estadounidense promoviendo cambios de régimen a menudo tienen conflictos de intereses no revelados, como acciones en empresas privadas que se benefician de contratos militares estadounidenses.

Hoy en día, EE. UU. es el principal exportador de armas del mundo y gasta cerca de $1 millón de millones anualmente en su ejército. Sería un gran error para EE. UU. adoptar una postura de guerra fría con China. Dañaría la economía mundial al reducir el comercio e instigar una intensa competencia militar, que haría que se avecine aún más el fantasma de una probable guerra con una China en ascenso y que pondría en peligro la cooperación mundial necesaria para abordar problemas compartidos, como el cambio climático. Se necesita un nuevo paradigma para las relaciones internacionales.

A menos que los responsables de formular políticas en EE. UU. decidan que ayudar al mundo a alcanzar objetivos comunes -como el desarrollo sostenible- sea un interés permanente estadounidense, su visión de futuro rondará terrenos calamitosos. La opción que elijan sobre cómo manejar el ascenso de China es de crítica importancia.

“Sería un gran error para Estados Unidos adoptar una postura de guerra fría con China. Tal política dañaría la economía mundial al reducir el comercio e instigar una intensa competencia militar”.

Perfil columnista

Ann Lee. Catedrática en la New York University, es autora de What the US Can Learn from China y Will China’s Economy Collapse?

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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