¿Paz con los talibanes?

30 ago 2019 / 00:01

A pesar de las negociaciones de paz en curso entre Estados Unidos y los talibanes, el sangriento conflicto en Afganistán sigue cobrando muchísimas vidas. El reciente ataque suicida perpetrado por la rama Khorasan de Estado Islámico (IS-K) en una boda en Kabul, que arrojó más de 60 muertos y cerca de 200 heridos, es un recordatorio claro de la mala situación de seguridad que rige en Afganistán. También muestra que los talibanes no son la única oposición armada que alimenta el conflicto. Es poco probable que un pacto de paz entre EE. UU. y los talibanes traiga algún respiro. Sus negociaciones en Doha -de las que el gobierno afgano no participa- son comparables a dos procesos de paz anteriores: las conversaciones de París que resultaron en el tratado de paz de enero de 1973 entre EE. UU. y Vietnam del Norte; y las negociaciones que condujeron a los Acuerdos de Ginebra de 1988, firmados por los gobiernos afgano y paquistaní, con la URSS y EE. UU. en función de garantes. Estos dos acuerdos estaban destinados a permitir que EE. UU. y la URSS se retiraran con “honor” de guerras que no podían ganar, generando la “vietnamización” y la “afganización” de esos conflictos. Ninguno de los dos acuerdos alcanzó sus objetivos. Los talibanes dieron cabida a Al-Qaeda, que llevó a cabo los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra EE. UU. Eso llevó a EE. UU., respaldado por sus aliados de la OTAN y fuera de la OTAN, a intervenir en Afganistán al mes siguiente con el objetivo de destruir a Al-Qaeda y desintegrar el régimen talibán. Las fuerzas lideradas por EE. UU. rápidamente dispersaron a la conducción de Al-Qaeda y pusieron fin al régimen talibán, pero no lograron derrotar a ninguno de los dos grupos de manera decisiva. Los talibanes y elementos de Al-Qaeda montaron un regreso en dos años de la intervención norteamericana y desde entonces han comprometido a las fuerzas norteamericanas y aliadas en una insurgencia de mala calidad, pero pasmosamente costosa. Hoy, tras casi veinte años de combates, el presidente norteamericano, Donald Trump, quiere desesperadamente desvincular a EE. UU. de una guerra, al parecer, imposible de ganar, si es factible a través de un acuerdo político con los talibanes. El representante Especial para la Reconciliación con Afganistán de Trump, el afgano-norteamericano Zalmay Khalilzad, ha participado desde septiembre de 2018 en una diplomacia itinerante, inquietantemente similar a los esfuerzos infructuosos del entonces secretario de estado norteamericano Henry Kissinger por traer la paz a Oriente Medio tras la guerra árabe-israelí de 1973. Se ha centrado en cuatro objetivos: un cronograma para la salida de todas las tropas extranjeras apostadas en Afganistán; un compromiso de los talibanes de impedir actos hostiles lanzados contra EE. UU. desde suelo afgano; negociaciones directas entre talibanes y el gobierno afgano, y un alto el fuego en todo Afganistán. Si bien Khalilzad quizá logre finalmente llegar a un acuerdo con los talibanes respecto de los dos primeros objetivos, no existe ninguna garantía de que el socio de EE. UU. en las conversaciones de paz ayude a concretar los dos restantes. Un retiro de tropas extranjeras acelerado conduciría a un fiasco similar a la retirada soviética del país y por el retiro norteamericano de Vietnam. EE. UU. y sus aliados necesitan quedarse en Afganistán por lo menos otros diez años. Pero Trump está apurado, y piensa que una presencia fuerte de la CIA en el país logrará hacer lo que las fuerzas occidentales han sido incapaces de lograr.

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