¿Más allá del bien y del mal?

16 sep 2018 / 00:00

los corruptos intentaron por todos los medios ubicarse, como diría Nietzsche, más allá del bien y del mal. Su consigna fue y es quedar impunes, seguir en la luz pública y mantener su cantaleta revolucionaria de redención social y nacional. A ratos parece que lo logran, pues no se ha recuperado un centavo y existe una evidente asimetría entre su audacia, sagacidad, influencia y efectividad, y una administración de justicia que, no obstante haber recuperado algo de decoro, continúa en un laberinto de vacilación, indolencia, tinterillismo, y falta de solvencia hormonal.

Los cleptócratas están en la búsqueda de la redención legal. Vieron con agrado la aprobación por parte de la Asamblea de una ley anticorrupción que, con exquisita ambigüedad, tenía el potencial para promover la caducidad de los delitos de corrupción, exigir la comprobación plena de delitos que, por su naturaleza no son flagrantes sino ocultos, limitar la acción de la vindicta pública, y consagrar la contratación “a dedo” involucrando a los departamentos de auditoría interna en procesos contractuales que no son de su competencia. Se daba la oportunidad a los corruptos a reclamar por estar en prisión, o para ocultarse junto con sus riquezas mal habidas hasta que “pase la tormenta”. Sin embargo, es de esperar que la cantaleta continuará siendo: “comprueben que tal o cual cuenta es mía, o tal o cual grabación de voz o imagen fue hecha con mi permiso” para con leguleyadas obstruir el curso de la justicia y consagrar la impunidad como instrumento de reivindicación de “las manos limpias y los corazones ardientes”.

La corrupción es el mayor negocio ecuatoriano, equivalente en cualquier año a las cifras de las exportaciones petroleras. Cada corrupto integrante de la banda de delincuentes que gobernó es un ladrón de corbata posicionado para llevarse recursos de los contribuyentes. Los $34.000 millones que se calcula fueron robados en el gobierno RC en sobreprecios, coimas y comisiones equivalen al presupuesto de todo un año. La contraparte del latrocinio es un cuarto de millón de empleos perdidos, una economía estancada, los bonos ecuatorianos cotizándose a 35 centavos por dólar, y la necesidad de subir impuestos y combustibles en medio del marasmo de los hogares. Por añadidura tenemos los miles de millones adicionales de contingentes y reparaciones a Chevron que los patrioteros, una manga de estafadores de los pueblos indígenas e hijos putativos de la agnotocracia (gobierno explotador de la ignorancia) nos han irrogado. El buen nombre de la República no tiene precio, y los revolucionarios, los abogadillos, los jueces corruptos y los nacionalistas de pacotilla, todos negociantes de la tragedia de la Amazonía, no han dudado en violar a la nación mientras saboreaban un botín de miles de millones de dólares que no les llegará.

En Singapur Lee Kwan Yoo curó la corrupción mandando a los corruptos al paredón. Acá debería de practicarse la muerte civil frente al paredón de la ignominia, y la prisión sin redención de todos los que han jugado con la buena fe de los ecuatorianos. Es reconfortante que el presidente haya tomado la decisión de vetar íntegramente el salvavidas legal que buscaban los malandros.

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