¿Los últimos días de Netanyahu?

28 sep 2019 / 00:01

Por fin Israel dio un paso para alejarse del abismo nacionalista-religioso al que lo estuvo conduciendo el primer ministro Benjamín Netanyahu. En la elección parlamentaria del 17 de septiembre la “coalición natural” entre el partido Likud de Netanyahu, grupos judíos ortodoxos y facciones protofascistas no consiguió alcanzar el umbral de 61 escaños que hubiera permitido a Netanyahu formar otro gobierno. Lamentablemente la conflictiva escena política de Israel y su sistema electoral absurdamente proporcional casi nunca producen resultados decisivos, y una vez más el país enfrenta un período de parálisis política. La alianza Azul y Blanco de Benny Gantz (amalgama reciente de partidos de centroderecha liderada por tres ex jefes del Estado Mayor Conjunto) obtuvo una cantidad similar de escaños en el Likud. Pero no podrá formar una coalición alternativa viable con la disminuida izquierda del Partido Laborista y de la Unión Democrática (que incluye el nuevo partido del ex primer ministro Ehud Barak) y la Lista Unida Árabe. Incluso si estos partidos fueran mayoría, se necesitaría un acto dramático de coraje político para que tres exgenerales armen gobierno con un partido árabe formado por grupos antisionistas e islamistas. Pero excluir a la Lista Unida del proceso de formación de coalición sería un error imperdonable. Estas facciones parlamentarias árabes representan un deseo genuino dentro de la minoría árabe israelí (20% de la población y en proceso de “israelización”) de formar parte de un proyecto político plenamente israelí basado en gobernanza democrática y en poner fin a la política de xenofobia e incitación. La cuestión se complica más porque la salida del atasco poselectoral pasa por el partido Yisrael Beitenu de Avigdor Lieberman, un cínico de la política famoso por sus estallidos contra los árabes y por su fervor anexionista, logró casi duplicar la cantidad de escaños obtenidos por su partido. Para ello prometió que solo aceptará formar parte de un gran gobierno de unidad nacional con el Likud y Azul y Blanco, pero sin los partidos ortodoxos y la ultraderecha mesiánica. Azul y Blanco secundó la propuesta con la condición de no compartir el poder con un Netanyahu procesado. La batalla política ahora se centrará en: ¿Netanyahu, sí o no? ¿Cumplirá Azul y Blanco su promesa? ¿Hallarán los miembros del Likud el coraje para desbancar a su líder? Nunca hay que subestimar el ingenio de los políticos israelíes para eludir los principios que profesan. Una salida del atasco podría ser la coalición de Lieberman, pero con rotación del cargo de primer ministro entre Gantz y Netanyahu, Cualquiera sea el gobierno que surja, no resucitará la solución de dos Estados, hoy prácticamente muerta, y lo más probable es que lance una campaña militar a gran escala contra Hamas en Gaza y que apoye el “acuerdo del siglo” del presidente Donald Trump para fortalecer la economía palestina al que previsiblemente los palestinos no se sumarán. Sin embargo, el resultado de la elección es un alivio. Los votantes israelíes frenaron el descenso del país hacia una teocracia xenófoba. No es logro menor haberle puesto un alto a Netanyahu, con sus modos imperiales y su política divisiva de odio e incitación. Hay que ver cuánto durará la euforia y si Netanyahu verdaderamente abandonó la escena política.

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