La política de la memoria polaca

23 feb 2018 / 00:01

Durante una visita a Varsovia en 1970, el canciller alemán Willy Brandt se arrodilló ante el monumento al levantamiento del gueto; en ese momento, Władysław Gomułka (líder comunista de Polonia) susurró: “el monumento equivocado”. Gomułka hubiera preferido que rindiera homenaje a los soldados polacos caídos en la II Guerra Mundial. Y probablemente el actual gobierno ultranacionalista de Polonia, liderado por el partido Ley y Justicia (PiS) estaría de acuerdo. De hecho, el gobierno de PiS está tratando de reescribir el relato polaco de la II Guerra Mundial con una nueva ley que criminaliza toda mención de la complicidad de la “nación polaca” en el Holocausto. Es razonable que a los polacos el uso de términos como “campos de exterminio polacos” les resulte ofensivo (eran campos dirigidos por alemanes situados en territorio polaco ocupado), pero la nueva ley representa un peligroso intento de usar la historia como herramienta política. En la II Guerra Mundial murieron tres millones de polacos católicos; y si Hitler hubiera ganado, Polonia habría desaparecido del mapa. Más de 6.700 polacos (más que cualquier otra nacionalidad) han sido honrados por Israel con el título de “justos entre las naciones” por oponerse a los nazis y salvar a judíos. Pero cuando los israelíes peregrinan a la tierra del Holocausto, van a Polonia. En cambio, Alemania (donde se decidió la destrucción de Polonia y del judaísmo europeo) se ha vuelto tierra de promesa y oportunidades para la juventud israelí. Sin embargo, por más vergonzosa o frustrante que sea, la verdad es la verdad. Destacar los casos de polacos que fueron víctimas de los nazis (o mejor aún, que respondieron a esa victimización con heroísmo) ha resultado una herramienta electoral muy eficaz. Incluso funcionó con políticos extranjeros. El discurso que dio el año pasado el presidente de EE. UU., Donald Trump, en el mismo monumento ante el cual se arrodilló Brandt tuvo buena acogida en la opinión pública polaca precisamente porque no se desvió del relato que aprueba PiS. Polonia no es el único país motivado a reescribir la historia en formas que minimizan la complicidad en crímenes de guerra perpetrados contra los judíos y otras colectividades. Otros países excomunistas de Europa oriental (Lituania, Ucrania y Hungría) también han comenzado a promover un relato nacionalista de victimización y resistencia. Minimizar su actuación en el Holocausto no les resultó tan difícil, ya que es innegable que todos ellos fueron víctimas de la Alemania nazi y de la Unión Soviética. Incluso países con tradiciones democráticas mucho más largas han tenido dificultades para admitir sus historias de colaboración en el Holocausto (Países Bajos, Francia). El pasado siempre es vulnerable a la manipulación política y la reescritura de la historia ha sido un elemento esencial de los relatos nacionales en casi todas partes. En EE. UU., los manuales de historia destacan la heroica lucha de las colonias por la libertad durante la Guerra de la Independencia, pero omiten el genocidio cometido contra la población indígena. Las historias de la guerra de la independencia israelí destacan la lucha contra los ejércitos árabes invasores, pero no la violencia de Israel contra los desposeídos y desplazados palestinos. El primer ministro Benjamín Netanyahu tampoco se privó de tergiversar la historia del Holocausto cuando le convino por razones políticas. En octubre de 2015 declaró que la idea de exterminar a los judíos no la tuvo primero Hitler, sino un líder palestino, el gran muftí Haj Amin el-Husseini, un abuso de la memoria tan cínico y grotesco como los que ha pergeñado PiS.

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