La democracia turca todavía late

26 ago 2019 / 00:00

Es evidente que las relaciones entre Turquía y Occidente están atravesando un momento extremadamente delicado. La creciente volatilidad de la política exterior turca es un síntoma de la coyuntura internacional, que parece conducirnos marcha atrás hacia un escenario de potencias globales y regionales en permanente fricción. En los últimos tiempos esta tendencia se ha acelerado y, análogamente, el cisma entre Turquía y sus teóricos aliados occidentales se ha ensanchado unos cuantos metros más. La causa principal ha sido la entrega a Turquía de los primeros componentes del sistema ruso de defensa antiaérea S-400, que la OTAN considera incompatible con sus sistemas de defensa. EE. UU. añade que el S-400 no puede coexistir con su nuevo caza F-35, pretendido por Turquía y otros miembros de la Alianza Atlántica. Como represalia, Washington ha expulsado del consorcio del F-35 a Turquía y está contemplando someterla a sanciones. El presidente turco Recep Tayyip Erdogan ha hecho poco por templar los ánimos. Sus amenazas de intervenir militarmente en el noreste de Siria han inquietado a EE. UU., que ha tratado de ganar tiempo a través de un acuerdo preliminar y poco concreto con Turquía para establecer una zona segura. Las fuerzas kurdas que dominan la región, y que fueron un aliado clave de EE. UU. en la lucha contra el Estado Islámico, ahora esperan que el presidente Trump no les deje en la estacada. Las tensiones entre Turquía y la UE también se han disparado. El Gobierno turco ha enviado buques de perforación y exploración a aguas que rodean Chipre, en un intento de descubrir nuevas reservas de hidrocarburos en la zona. La UE alega que estas actividades vulneran el derecho internacional y ha impuesto sanciones a Turquía. La contrarréplica turca: Ankara ha anunciado la suspensión del acuerdo de readmisión de refugiados que alcanzó con la Unión en 2016. Aunque sus implicaciones prácticas eran escasas, en su día el acuerdo reverdeció ligeramente unas relaciones que llevan tiempo siendo preocupantemente áridas. Pero Turquía sigue contando con una sociedad dinámica y plural, cuya pulsión democrática está dando signos de ser extraordinariamente resistente. La mejor muestra de ello son las recientes elecciones municipales en Estambul, cuya repetición forzó el partido AKP de Erdogan, tras caer derrotado en marzo por un estrecho margen. Los habitantes de Estambul no desfallecieron. En junio, volvieron a acudir masivamente a las urnas y concedieron una victoria mucho más abultada a Ekrem Imamoglu, candidato del principal partido de la oposición. Con una campaña cargada de positividad y mensajes transversales, Imamoglu arrebató al AKP su feudo más emblemático, que llevaba gobernando desde que el propio Erdogan se aupó a la alcaldía en 1994. Una conocida frase del actual presidente resuena hoy con un timbre distinto: “Quien gana Estambul, gana Turquía”. Al igual que la democracia turca, las relaciones entre Turquía y Occidente están tocadas, pero no hundidas. Erdogan parece creer que, al amparo del gran valor geoestratégico que atesora su país, puede seguir tirando de la cuerda sin que se rompa. No obstante, el presidente turco no tiene carta blanca: Turquía también necesita a Occidente. Ambas partes están condenadas a entenderse; los retos compartidos no escasean y, por lo tanto, tampoco las oportunidades. Por ejemplo, los descubrimientos de gas en el Mediterráneo Oriental todavía pueden servir de incentivo para reactivar las negociaciones de paz en Chipre e impulsar un nuevo acercamiento entre la UE y Turquía.

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