Guayaquil y los sismos

14 mar 2019 / 00:01

    El riesgo latente de una ciudad está en relación con la probabilidad de ocurrencia de fenómenos naturales y no naturales y a su vulnerabilidad frente a estos hechos, además de las dificultades que la comunidad enfrente para reponerse del daño sufrido.

    La gravedad de los daños de una catástrofe dependerá de la magnitud del fenómeno, el lugar del asentamiento y la prevención y participación de la población.

    Existen asentamientos vulnerables por su origen, como Guayaquil, localizada sobre la placa Sudamericana, bajo la que se subducta la placa de Nazca, lo que ha originado que sufra diversos eventos sísmicos a lo largo de su historia. Contribuye al incremento de los daños el hecho de que el 90 % del suelo de la ciudad es de tipo arcilloso, mientras que solo el 10 % es rocoso. El tipo de suelo predominante, junto al nivel freático, favorecen a la amplificación de las ondas sísmicas, lo cual hace a la ciudad altamente vulnerable ante estos eventos.

    En el siglo XX se destacan diversos sismos, como el del 13 de mayo de 1942, con epicentro frente a las costas de Manabí, con 7.90 en la escala Richter, que provocó la muerte de 40 personas y la destrucción de algunos edificios; el del 30 de enero de 1943, con epicentro en Santa Elena, con 6.90 en la escala Richter, que generó la caída de la torre de la iglesia San José y caída de paredes de edificios mixtos; el del 29 de marzo de 1946, con epicentro en Olón, que generó daños en el Correo y la Gobernación; el del 16 de enero de 1956, con epicentro en Bahía de Caráquez, de 7.30 en la escala Richter; el del 26 de julio de 1971, con epicentro en Morona Santiago, con 7.50 en la escala Richter, que generó el derrumbe de 3 viviendas mixtas; el del 18 de agosto de 1980, con epicentro a 30 km de Guayaquil, con 6.70 en la escala Richter, que provocó la muerte de 11 personas y 300 heridos y generó la caída de viviendas; además de los más cercanos en el tiempo.

    Santa Marianita de Jesús habría dicho que nuestro país no se acabaría por los terremotos, sino por los malos gobiernos (lo que tampoco es de gran consuelo).

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