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Forma del conflicto sino-norteamericano

12 jun 2018 / 00:01

Para la mayoría de observadores de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, el “casus belli” es la convergencia de prácticas comerciales injustas de China con el credo proteccionista del presidente norteamericano, Donald Trump. Pero esta lectura deja de lado un acontecimiento crítico: la muerte de la política de compromiso de larga data de EE. UU. con China. Las peleas comerciales no son nada nuevo. Cuando los aliados entran en esas disputas -como EE. UU. y Japón a fines de los años 1980- se suele suponer que el verdadero problema es económico. Pero cuando suceden entre rivales estratégicos -como EE. UU. y China hoy- es probable que el problema sea más complejo. En los últimos cinco años, las relaciones sino-norteamericanas han cambiado fundamentalmente. China se ha vuelto cada vez más autoritaria -un proceso que culminó con la eliminación de los límites a los mandatos presidenciales en marzo pasado- y ha adoptado una política industrial estatista, encarnada en su plan Hecho en China 2025. Es más, ha seguido construyendo islas en el Mar de la China Meridional para cambiar las realidades territoriales en el lugar. Y ha avanzado con su iniciativa Un cinturón, una ruta, un desafío ligeramente velado para la primacía global de EE. UU. Todo esto ha servido para convencer a la potencia americana de que su política de compromiso con China ha fracasado por completo. Y aunque EE. UU. todavía tiene que formular una nueva política para China, la dirección de su estrategia es clara: ahora ve a China como una “potencia revisionista” y está decidido a contrarrestar los esfuerzos chinos para “desplazar a Estados Unidos en la región Indo-Pacífico”. Es ese objetivo estratégico el que está detrás de las recientes medidas económicas estadounidenses, que incluyen la demanda extravagante de Trump de que China recorte su superávit comercial con EE. UU. en US$ 200.000 millones en dos años. Además, el Congreso de EE. UU. está por promulgar un proyecto de ley que restringe las inversiones chinas en su territorio, a la vez que se están trazando planes para limitar las visas a estudiantes chinos que quieran aprender ciencia y tecnología de avanzada en universidades estadounidenses. El hecho de que la actual disputa comercial vaya más allá de la economía hará que sea mucho más difícil de manejar. La trayectoria de largo plazo de las relaciones entre ambos, casi con certeza se caracterizará por una escalada del conflicto estratégico, y potencialmente hasta una guerra fría. En este escenario, contener a China se convertiría en el principio organizador de la política exterior de EE. UU., y las dos partes verían la interdependencia económica como un lastre estratégico inaceptable. Al menos en el corto plazo, la trayectoria más factible de las relaciones sino-norteamericanas es hacia un “conflicto transaccional” caracterizado por frecuentes disputas económicas y diplomáticas y por una maniobra cooperativa ocasional. En este escenario, las tensiones bilaterales continuarán creciendo, porque las disputas individuales se arreglan de manera aislada, con base en un “quid pro quo” específico, y así carecen de toda coherencia estratégica. Por tanto, sin importar cómo se desarrolle su actual disputa comercial, EE. UU. y China parecen avanzar a la deriva hacia un conflicto de largo plazo. Es intrascendente qué forma adopte ese conflicto, pues de todas maneras conllevará costos elevados para ambas partes, para Asia y para la estabilidad global.

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