Cómo explicar la inercia inflacionaria

09 may 2019 / 00:02

    La rigidez de la inflación no deja de desafiar y desconcertar a los directivos de bancos centrales en todo el mundo. Ya se trate de alentar un aumento de precios o frenarlo, las autoridades enfrentan el mismo problema. Japón experimentó deflación once de los últimos veinte años. Aunque luego de 2016 las fuerzas deflacionarias se calmaron, la inflación estuvo siempre muy por debajo de la meta de 2 % fijada por el Banco de Japón, a pesar de sus políticas expansivas: desde 2016 puso un límite superior cercano a cero a las tasas a largo plazo y expandió la base monetaria más o menos un 250 % desde 2013, mediante una compra récord de títulos públicos japoneses. En el otro extremo del espectro está la batalla de Argentina contra la inflación.

    El Banco Central de la República Argentina en conexión con un programa del FMI en junio de 2018 se comprometió a mantener sin crecimiento la base monetaria, lo que exigió un aumento de la tasa de referencia a casi 74 %. Sin embargo, el índice anual de inflación se aceleró, de alrededor del 26 % hace un año a cerca del 55 %. El repunte inflacionario obedece en gran medida a un encarecimiento de las importaciones derivado de la devaluación del peso, que en un año perdió alrededor del 115 % de su valor en dólares. Y no hubo ningún sobrecalentamiento de la economía; Argentina enfrenta una recesión profunda y persistente.

    El FMI prevé que este año el PIB se reduzca 1,2 % (tras una contracción mayor en 2018). Mas, pese a la escasez de crédito y otros indicadores de endurecimiento monetario, a los que se suma un reciente aumento de control de precios, la inflación sigue cerca del 40 %. Un historial crónico de inflación y devaluación afianzó una clara preferencia por el dólar como reserva de valor.

    La pesificación compulsiva de enero de 2002 (cuando el sector bancario argentino convirtió los dólares a la fuerza a pesos) solo generó reducción transitoria y artificial del uso local del dólar. Los índices de ahorro son bajos y una proporción considerable del ahorro privado está fuera del país. La dependencia del inconstante crédito extranjero no ayuda a reducir la inestabilidad cambiaria o la deuda externa.

    En Japón, para convencer al sector privado de que espere más inflación a futuro hay que dejar de indexar los salarios del sector público usando la inflación del año anterior. Un aumento decidido de salarios públicos puede transmitir la señal oficial que faltó todo este tiempo, para que luego los salarios privados y los precios acompañen.

    La misma incompatibilidad de esa medida con la prudencia fiscal en un país tan endeudado puede ayudar a debilitar la arraigada tendencia a la apreciación del yen. La solución al exceso de endeudamiento público y privado de Japón tiene que pasar en parte por un aumento de la inflación. Y en Argentina, para no alentar la clásica espiral inflacionaria de precios y salarios, la desindexación demanda una importante reducción de salarios reales, comenzando por el sector público.

    Esto supone enormes dificultades políticas. Su acceso a mercados de capitales globales está cada vez más complicado, no puede darse el lujo de mantener un déficit de cuenta corriente. Tal vez la persistencia de expectativas de inflación altas (o bajas) se deba a que la gente aprendió a extrapolar otra tendencia histórica: los gobiernos tienden a evitar las decisiones difíciles.

    ¿Qué pueden hacer los gobiernos para inducir un punto de inflexión en unas expectativas de inflación persistentes, cuando las políticas de los bancos centrales no resultan suficientes?

    Carmen M. Reinhart. Es profesora de Sistema Financiero Internacional en la Escuela de Gobierno Kennedy de la Universidad Harvard.

    Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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