El fin del mundo como lo conocemos

11 jun 2019 / 20:02

    Después de tres décadas de avanzar hacia un mercado global único gobernado por las reglas de la Organización Mundial de Comercio, el orden internacional ha sufrido un cambio fundamental. Estados Unidos y China están inmersos en una guerra arancelaria que, al principio parecía girar en torno al balance comercial bilateral, pero que terminó siendo mucho más que eso. Hasta hace poco podíamos albergar la de que, a pesar de los frecuentes intercambios de amenazas, los dos países estaban negociando. Ya no. Bajo presión de la administración del presidente Donald Trump, Google puso fin a su cooperación con Huawei, privando al fabricante de teléfonos inteligentes chino de la licencia para utilizar el ‘software’ Android de Google y otros servicios relacionados. La medida plantea una amenaza existencial para Huawei y más que eso, un nuevo pináculo en el conflicto sino-norteamericano y el fin de la globalización liderada por EE. UU. Su mensaje es claro: las exportaciones de tecnología y de ‘software’ ya no son simplemente una cuestión de negocios; tienen que ver con el poder y EE. UU. ejercerá su poderío sobre el mercado. En esta lucha hegemónica, China tal vez tenga que esforzarse al máximo para proteger a sus empresas líderes nacionales: retirarse lo más rápido posible de todas las cadenas de suministro que dependan de insumos de alta tecnología fabricados en EE. UU., particularmente semiconductores, empezar a abastecerse de todos los componentes necesarios internamente, o conseguirlos de socios seguros dentro de su órbita. A mediano plazo, este ajuste dividiría al mundo en dos esferas de competencia económica. Todas las potencias más pequeñas que dependan de mercados globales tendrían que elegir un bando, o ser lo suficientemente fuertes como para soportar la presión de ambos países. China, en su papel de mayor acreedor de EE. UU., ¿considerará una guerra monetaria su as en la manga? La rivalidad económica, el proteccionismo y las restricciones comerciales amenazarían la prosperidad global y esos desenlaces aumentarían el riesgo de una confrontación política seria. La soberanía tecnológica ocuparía el lugar del comercio y del intercambio, y la nacionalidad de las corporaciones -incluso las grandes multinacionales- se tornaría tan importante como su modelo de negocios. La última movida de la administración Trump está destinada a indicar que EE. UU. no cederá su posición global dominante sin dar pelea. Sin embargo, al precipitar un rompimiento de la relación comercial existente con China, EE. UU. incurrirá en enormes costos propios. A Europa también la esperan tiempos de turbulencias. El valor de la UE como aliado de EE. UU. aumentaría, y los riesgos de aranceles estadounidenses punitivos sobre las exportaciones europeas disminuirían. Pero los exportadores europeos que se han vuelto más dependientes de China estarían en aprietos. La experiencia ha demostrado que Europa normalmente necesita una crisis para pasar a la próxima etapa de su desarrollo y Europa tal vez no tenga otra opción que desarrollar una estrategia geopolítica para el siglo XXI. La UE logró evitar un revés populista en la reciente elección del Parlamento Europeo. Ahora tiene que dedicarse a salvaguardar su prosperidad y soberanía en una era de ruptura sino-norteamericana.

    Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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