La Europa de mañana

27 may 2019 / 00:01

    Cada cinco años las elecciones al Parlamento Europeo sirven para contemplar el semblante de nuestro proyecto común y hacer balance del paso del tiempo. Los comicios que se avecinan son especiales. Son las primeras elecciones desde la crisis de refugiados, del brexit y de la elección de Donald Trump en EE. UU. Las elecciones europeas suelen catalogarse como votaciones “de segundo orden”. La escasa participación en ellas -que ha ido cayendo de forma ininterrumpida desde 1979- parece apoyar la tesis de que la ciudadanía europea no les otorga la importancia que merecen. Pero según el último Eurobarómetro, casi siete de cada diez europeos -dejando a los británicos al margen- consideran que sus respectivos países se han beneficiado de la integración. Esta cifra es la más alta desde 1983. No obstante, se ha instalado en la UE una cierta desafección política que afecta a todos los niveles de gobernanza. Además, los jóvenes de nuestro continente son menos dados a participar en los cauces institucionales, pese a ser más europeístas que la media, mientras que para las generaciones que presenciaron expectantes la evolución del proyecto europeo durante la segunda mitad del siglo XX, el efecto “luna de miel” se ha ido evaporando.

    Las turbulencias económicas y migratorias de los últimos años -gestionadas de forma manifiestamente mejorable por la UE y sus Estados miembros- no han contribuido a la causa integracionista. Los partidos nacionalpopulistas han sabido aprovechar el actual clima de desasosiego en que han germinado sus propuestas, consistentes en afrontar ciertos desafíos de presente y futuro (como la crisis demográfica) mediante recetas propias de un pasado idealizado (repliegue nacional). Sin embargo, el caos del brexit ha dejado indicios inequívocos de que fuera de la UE hace mucho frío. Con solo abrir la puerta, el Reino Unido ya se ha estremecido. El peso relativamente reducido de los Estados europeos, las distancias geográficas y las profundas interdependencias a nivel internacional constituyen realidades indefectibles que terminan dejando en evidencia a aquellos políticos cuyo programa se basa en hacer la cuadratura del círculo. Los ciudadanos europeos han tomado nota de ello y no es casualidad que los partidos continentales que planteaban una salida de la Unión hayan dejado de hacerlo. El principal elemento que une a esta amalgama de partidos -más heterogénea de lo que puede parecer- es su discurso antiinmigración, que adquiere tintes xenófobos.

    Al respecto, debemos seguir recordando que existe un derecho de asilo internacionalmente reconocido, que la inmigración en su conjunto puede ayudarnos a atajar nuestro problema demográfico, y que en Europa hay muchos menos inmigrantes de lo que suele pensarse. Pero el tema que más angustia hoy a los europeos no es la inmigración, sino la economía. Uno de los grandes retos actuales es la desigualdad, que viene aumentando en prácticamente todos los países de la OCDE. Lo mismo ocurre con la brecha Norte-Sur en Europa, a raíz de la crisis económica. Si bien los Estados miembros no pueden eludir responsabilidades, las instituciones europeas deben hacer más por promover un nuevo pacto social, medioambientalmente sostenible, que dé respuesta a las disrupciones en el mercado laboral y favorezca la cohesión a escala europea.

    Javier Solana

    Es distinguished fellow en la Brookings Institution y presidente de ESADEgeo, el Centro de Economía y Geopolítica Global de ESADE.

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