Estados Unidos: poder sin sabiduría

04 jul 2019 / 00:01

En la mitología griega estaba profetizado que Metis (primera esposa de Zeus y diosa de la sabiduría) daría a luz a un hijo que, armado con la astucia de su madre y el poder de su padre, destronaría al rey de los dioses. Para evitarlo, Zeus devoró a Metis embarazada. El hijo usurpador anunciado por la profecía no nació, pero de la frente de Zeus brotó una hija, Atenea. Las cualidades de Metis, sabiduría, astucia y bía (fuerza bruta) fascinaban a los antiguos griegos. A veces reverenciaban a la primera, encarnada en Ulises, el héroe legendario de la Odisea, el poema épico de Homero; a veces a la segunda, personificada en grandes guerreros como Aquiles. Pero el ideal era la combinación de ambas, y todavía sigue siéndolo. Durante las últimas siete décadas, Estados Unidos parecía haber encontrado el modo de lograr el siempre difícil equilibrio. En vez de imponer su voluntad al resto del mundo por la fuerza, se situó como una potencia sistémica, comprometida con la defensa de un orden mundial más amplio, que servía a los intereses de todos. Usando tanto palos como zanahorias, EE. UU. convenció a los países de que participar en ese orden era más provechoso que rechazarlo. Esta combinación de persuasión y fuerza (Metis y bía) fue la base de su liderazgo internacional. Pero el gobierno del presidente estadounidense Donald Trump está haciendo estragos en ese sistema cuidadosamente calibrado. Lejos de exhibir capacidad de persuasión, Trump está tratando de imponer su agenda de “Estados Unidos primero” al resto del mundo recurriendo exclusivamente a la fuerza bruta. Las enseñanzas de la historia son claras: al preferir la fuerza a la persuasión, EE. UU. debilita su propia autoridad y coquetea con la catástrofe. Es lo que sucedió en 1950, cuando el general Douglas MacArthur, tras expulsar del sur de la península de Corea a las fuerzas norcoreanas, cometió la imprudencia de marchar hacia el norte, donde las tropas estadounidenses y aliadas se encontraron con las fuerzas chinas y fueron derrotadas. Volvió a suceder en 1964, cuando Estados Unidos usó ataques de torpederos norvietnamitas contra destructores estadounidenses en el golfo de Tonkín como pretexto para que el Congreso aprobara una resolución que permitió al presidente Lyndon B. Johnson, y luego al presidente Richard M. Nixon, escalar la involucración militar de los Estados Unidos en la Guerra de Vietnam (los paralelos con la situación actual en el golfo de Omán son, como mínimo, preocupantes). A veces el péndulo del liderazgo estadounidense también oscila demasiado en la otra dirección. El predecesor de Trump, Barack Obama, se apoyó tanto en la persuasión blanda, que Estados Unidos perdió gran parte de su credibilidad como garante de la estabilidad global. Esto contribuyó a sentar las bases del desorden actual.

Tanto en la antigua Grecia como en el mundo moderno, el uso excluyente de Metis o de bía tiene eficacia limitada. Estados Unidos tiene aún poder suficiente para imponer su voluntad a otros países. Pero el mundo ya está trabajando para cambiar eso. Para preservar y perpetuar su poder (y favorecer la paz y la prosperidad mundiales) debe mantener un delicado balance entre astucia y fuerza. Y a Trump no se lo asocia con el equilibrio.

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