El mundo que nos legó George H. W. Bush

05 dic 2018 / 00:00

    Trabajé para cuatro presidentes estadounidenses (demócratas y republicanos), y tal vez lo más importante que aprendí es que hay poco en lo que llamamos historia que sea inevitable. Lo que sucede en este mundo es resultado de lo que elegimos hacer o no cuando se nos presentan desafíos y oportunidades. Estos los tuvo de sobra George H. W. Bush, 41.º presidente de los Estados Unidos; y el resultado es claro: dejó el país y el mundo mucho mejor de como los encontró. Bush era amable, decente, justo, abierto de mente, considerado, libre de prejuicios, modesto, principista y leal. Valoraba el servicio público y se veía simplemente como el último en la larga línea de los presidentes estadounidenses, otro ocupante temporal de la Oficina Oval y custodio de la democracia estadounidense. Sus logros en política exterior fueron muchos y significativos, comenzando por la finalización de la Guerra Fría, que se dio en forma rápida y pacífica, en parte porque Bush comprendió la difícil situación en la que se encontraron Gorbachev y más tarde Boris Yeltsin, y evitó convertirla en humillante. Tuvo el cuidado de no regodearse ni caer en la retórica del triunfalismo. Esta contención le valió muchas críticas, pero Bush consiguió no despertar la clase de reacción nacionalista que hoy estamos viendo en Rusia. Su otro gran logro fue la Guerra del Golfo. La invasión y conquista de Kuwait por parte de Sadam Huseín vio como amenaza no solo a los cruciales suministros de petróleo de la región, sino también al mundo que estaba surgiendo después de la Guerra Fría, por tanto declaró que la agresión de Sadam no quedaría impune. Formó una coalición internacional sin precedentes que respaldó las sanciones y la amenaza de usar la fuerza; envió medio millón de soldados estadounidenses al otro lado del mundo para unirse a cientos de miles venidos de otros países, cuando la diplomacia no pudo hacer nada, así liberó Kuwait en cuestión de semanas, con una cifra notablemente pequeña de bajas estadounidenses. Un ejemplo de manual de cómo puede funcionar el multilateralismo. Aunque el Congreso era renuente a responder a la agresión de Sadam y la votación en el Senado que autorizó la acción militar estuvo a punto de fracasar, Bush estaba preparado para ordenar la futura Operación Tormenta del Desierto aun sin autorización de los congresistas, porque ya tenía el derecho internacional y el Consejo de Seguridad de las NN. UU. de su lado. Bush no se dejó arrastrar por los acontecimientos. La misión era liberar Kuwait, no Irak. Cuando las fuerzas estadounidenses y de la ONU extendieron su objetivo estratégico en Corea y trataron de unificar la península por la fuerza, Bush resistió las presiones. Le preocupaba perder la confianza de los líderes mundiales a los que había sumado a la coalición y la probable pérdida de vidas. Mantuvo a los gobiernos árabes de su lado para mejorar las perspectivas de la iniciativa de paz para Medio Oriente que iba a comenzar en Madrid menos de un año después. El final de la Guerra del Golfo fue caótico, con la permanencia de Sadam en el poder en Irak mediante una represión brutal de los kurdos en el norte y de los shiitas en el sur. Un año después, la administración Bush tardó en responder a la violencia en los Balcanes, y pudo hacer más para ayudar a Rusia en sus primeros días pos-soviéticos, mas el desempeño de su gobierno en política exterior sale bien parado en comparación con el de cualquier otro presidente estadounidense de la historia moderna, o de cualquier otro líder mundial contemporáneo. Todos debemos estarle agradecidos. Que en paz tenga su muy merecido descanso.

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