El daño a la inteligencia de EE.UU. ya está hecho

09 ago 2019 / 00:01

Para entender lo que está sucediendo en los regímenes autoritarios -ya sea en Moscú, La Habana, Pekín o Pionyang-, los analistas siempre le prestan mucha atención al ascenso y caída de los jefes de inteligencia. En el caso del presidente norteamericano, Donald Trump, que aspira a ser un autócrata, el nombramiento frustrado de John Ratcliffe, un congresista republicano de Texas, para suceder al saliente director de Inteligencia Nacional, Dan Coats, es por cierto revelador. Ratcliffe no tenía ninguna calificación discernible para el puesto, más allá de una lealtad servil a Trump. Y si bien este retiró la nominación, lo hizo no porque le preocupara la seguridad nacional de EE. UU., sino por miedo a que su candidato no hubiera sido confirmado. El hecho de que Trump llegara incluso a considerar un candidato tan poco apropiado para el puesto sugiere hasta qué punto quiere encuadrar a los servicios de inteligencia. Durante los dos primeros años de presidencia, el liderazgo profesional de la comunidad de inteligencia de EE. UU. se llamó a silencio. Había llegado a la conclusión de que esta era la mejor táctica para lidiar con un jefe sin ataduras y antagónico. Pero el caso Ratcliffe parece augurar un nuevo desafío, no solo para el ‘establishment’ de inteligencia norteamericano, sino también para los aliados de EE. UU., que desde hace mucho tiempo valoran su acceso a una comunidad de inteligencia basada en los hechos y apolítica, con sede en Washington. Con su intención de instalar adulones en tantos puestos clave de la seguridad nacional, Trump ya le ha asestado un golpe serio al sistema de alianzas que forma la base del poder y la influencia de EE. UU. en el mundo. El problema no es solamente que Trump haya politizado la inteligencia, es que ha minado la efectividad y el alcance global de las agencias de inteligencia de EE. UU. Al igual que sus ataques infantiles a los aliados, seleccionar títeres para puestos de inteligencia clave envía al mundo una señal inconfundible de que EE. UU. ya no debería ser considerado un interlocutor fiable y digno de confianza. Existen paralelismos claros y perturbadores entre hoy y principios de los años 1980, cuando las relaciones transatlánticas estaban seriamente crispadas. Las relaciones de inteligencia profundas y de larga data jugaron un papel importantísimo a la hora de mantener unida a la OTAN. Todavía está por verse si las agencias de inteligencia pueden hacer lo mismo hoy. El hecho de que Trump haya llegado incluso a considerar un papanatas tan poco calificado para liderar a todo el establishment de inteligencia de Estados Unidos no es un buen augurio. Las implicancias para la cooperación de inteligencia y la influencia de Estados Unidos en el exterior son obvias. Al igual que las fallidas nominaciones de los aduladores de Trump Stephen Moore y Herman Cain para la Junta de la Reserva Federal de Estados Unidos, el nombramiento frustrado de Ratcliffe ya ha perjudicado aún más la credibilidad de Estados Unidos a los ojos de sus aliados. Trump ha demostrado, una vez más, que antepondrá sus propios intereses políticos a la seguridad nacional y al buen funcionamiento de un establishment de inteligencia independiente. Con la partida de Coats, otro “adulto en la sala” se habrá ido. Los líderes de inteligencia que quedan deben dejar en claro qué es lo que está en juego en la elección de su sucesor.

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