El albañal de los compadres

04 abr 2019 / 00:01

    No hay actividad humana que esté ausente de límites éticos. Y cuando alguna tiene finalidad pública, deben ser mayores. La política es una de ellas; por eso, una sociedad que se piense democrática -o que aspire serlo- debe exigir de sus líderes unos parámetros morales mínimos.

    En Ecuador, hemos dejado el destino colectivo en manos de quienes parecen actuar sin la menor conciencia de ellos. El expresidente Rafael Correa, y algunos de sus aún partidarios, se han enzarzado en una lucha sin bozal con el presidente Lenín Moreno y su círculo. Nada los detiene: el uno se beneficia de un ejército de trolls gobernado por el insulto artero y el otro de un entorno ladino y oscuro que mal ejerce el poder.

    Las presuntas irregularidades del caso INA Papers (que debe ser indagado ya, sin más cálculo que descubrir la verdad) han servido para ventilar intimidades del presidente, que debieron quedarse en su exclusiva privacidad. Violentarla ha sido obra de canallas y no hay otro modo de decirlo. Pero Moreno ha acusado mal el golpe y ha respondido con la misma artillería de albañal, como la usada para referirse a las supuestas causas de la lesión que Correa exhibió en la revuelta del 30 de septiembre de 2010.

    Que hoy Moreno diga que el 30-S no fue lo que el santoral del correísmo quiere que sea, confirma que es desmemoriado y, además, nos cree tontos. ¿Quién era el vicepresidente que santificó la versión oficial de entonces? ¿Quién fue cómplice y defensor del montaje que hoy denigra?

    Seis años después de aquel día, él dijo, exultante, a sus partidarios: “Algún día no lejano, tú contarás orgulloso: yo fui parte de la Revolución Ciudadana. Y le dirás a tus nietos: yo cabalgué junto a Correa”. Ese al que varias veces llamó “un gigante de nuestra América”. Moreno y Correa son dos compadres que el diablo juntó. Allá ellos, que arreglen sus cuentas casa adentro y no nos avisen. Que no nos abran de par en par las puertas de su basurero. Nos interesan las verdades públicas, no las bajezas privadas. Porque la política exige un espíritu de docencia, y un límite llamado decencia. Y de eso los dos no parecen tener idea.

    Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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