¿EE.UU. alguna vez debería disculparse?

25 feb 2019 / 00:00

A comienzos de este mes, académicos de la American University en El Cairo declararon no tener confianza en el presidente de la institución, luego de su decisión de ofrecerle al secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, una plataforma indiscutible para un discurso partidario de política exterior el mes pasado y que aprovechó para denunciar los propios pronunciamientos del expresidente Obama desde el mismo estrado diez años antes, y para brindar un respaldo implícito a los autócratas que gobiernan en Oriente Medio.

La línea de ataque principal de Pompeo contra el famoso discurso de Obama, es que incluía una admisión pública de los errores pasados de EE. UU. en la región. A diferencia de la administración Trump, Obama y sus asesores creían que hay mucho por ganar si se reconocen las verdades políticas difíciles, inclusive cuando esto implique un cambio radical en el curso de acción. En consecuencia, cuando Obama pronunció su discurso en junio de 2009, tomó la decisión osada de admitir malentendidos mutuos entre Occidente y los mundos árabe y musulmán. Reconoció que el colonialismo occidental “les había negado derechos y oportunidades a muchos musulmanes”, y que “la modernidad y la globalización” habían “llevado a muchos musulmanes a considerar que Occidente era hostil a las tradiciones del Islam”.

En referencia a la respuesta de EE. UU. a los atentados del 11 de septiembre de 2001, Obama concedió que “el miedo y la furia... en algunos casos... nos llevan a actuar contrariamente a nuestras tradiciones y nuestros ideales”. Pero, más importante, sostuvo que “debemos decirnos abiertamente unos a otros las cosas que guardamos en nuestro corazón...para recién poder alcanzar la confianza mutua, la paz, la democracia y la igualdad.

La recreación vulgar que hizo Pompeo de la presentación de Obama en El Cairo reflejó la importancia fundacional del discurso de 2009. Después del discurso de Obama, se produjo la Primavera Árabe que, a pesar de su fracaso general, puso a más países de la región -particularmente Túnez- en un sendero hacia la democracia. Obama también formuló una apertura hacia Irán, preparando el escenario para negociaciones sin precedentes y para un eventual acuerdo que impediría una carrera armamentista nuclear regional.

Implícita en el repudio de Pompeo hacia Obama está la idea de que la fortaleza norteamericana depende de no admitir nunca una equivocación. Ahora, el acto de teatro político de Pompeo parecía haber estado destinado a revertir o borrar el legado de Obama. “La edad de la vergüenza norteamericana autoinfligida terminó”.

Desde sus primeros días, la administración Trump ha desdeñado la idea de que las confesiones públicas de los errores estadounidenses hacen cualquier cosa menos debilitar a EE. UU. “Porque sabemos que una nación debe estar orgullosa de su historia para tener confianza en su futuro”.

En verdad, el rechazo por parte de Trump de la introspección y el perdón históricos está reñido con una tradición norteamericana de larga data de extraer fuerza del liderazgo conciliatorio en la escena mundial. Desde la fundación de EE.UU., sus mejores momentos de política exterior tuvieron lugar cuando sus líderes actúan pragmáticamente, demostrando una capacidad para la autorreflexión. Esas declaraciones tuvieron réditos políticos inciertos, pero demostraron un liderazgo político real, y presentaron a EE. UU. como un mediador honesto, a pesar de sus muchas imperfecciones. Como demostró recientemente en El Cairo, la administración Trump corre el riesgo de encontrarse en el lado equivocado de la historia. Pero también estaba abandonando una tradición de liderazgo global norteamericano que sirvió muchas veces como una fuente de fortaleza nacional.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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