Dividir para reinar

09 abr 2019 / 19:49

    Supongo que esta frase del título del presente artículo, atribuido en el pasado a quienes tenían que manejar extensas posesiones o complejos grupos de mando, podría o debía ser aplicado frente a los resultados de las elecciones del 24 de marzo, que por el hecho de haberse presentado más de 80 mil candidatos a las funciones en juego, apoyados por más de doscientos grupos políticos, permitió que la mayoría de los ciudadanos electos pudieran clamar victoria con un insignificante porcentaje de votos a su favor. La prueba más fehaciente es que en la propia capital de la República el radiodifusor Yunda llegó a la alcaldía que antes ejercieron Sixto Durán Ballén y el ahora derrotado general Paquito, con un total de sufragios a su favor que apenas llega al ‘veintipico’ por ciento. Lo que quiere decir que los elegidos, en su mayoría, con excepción del Guayas y Guayaquil, podrían ser calificados como representantes de las minorías.

    Han sido unos comicios con algunas sorpresas, producto precisamente de esta gran dispersión del total de los sufragios. Como el caso ya anotado de la capital. O el de Cuenca, en donde un desconocido empresario llega a la alcaldía dejando fuera de combate a poderosos contrincantes, como lo fueron el alcalde cuencano Cabrera y el prefecto azuayo Carrasco, que habían cumplido una importante actividad política a nivel nacional.

    No ha sido, pues, una cabal aplicación del tan conocido latinismo que traducido al español dice que “la voz del pueblo es la voz de Dios”. Y ello porque el haberse implantado un inédito sistema electoral en el país con una campaña electoral solventada por el Estado, traicionó a la propia democracia y a Dios, justamente por su omnipresencia, puesto que tuvo que repartirse para estar en todos los lados políticos a la vez.

    Tanta dispersión electoral, además, ha causado como nunca protestas múltiples ante los locales del CNE por parte de los partidarios de candidaturas que quedaron “placé”, para decirlo en un lenguaje hípico, es decir perdiendo, de segundones, “por puesta de mano”. Y es que tales diferencias fueron tan pequeñas, como el caso del nuevo alcalde de un cantón azuayo a quien solamente lo separaron tres votos de su inmediato contendor.

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