Cuando los leninistas se extralimitan

21 ago 2019 / 00:01

Las actuales protestas callejeras en Hong Kong y Moscú sin duda han asustado a la dupla autoritaria de los presidentes chino y ruso Xi Jinping y Vladimir Putin. Las protestas moscovitas, las mayores en varios años, deben mantener en vela a Putin o no estarían siendo dispersadas con tanta brutalidad. Pero, en lugar de dialogar con la gente, Putin ha procurado demostrar que tiene el control, incluso pavoneándose en un apretado traje de cuero con su pandilla favorita de motociclistas. Sin embargo, las manifestaciones se han convertido en un inquietante signo de la menguante popularidad de Putin, también entre las élites rusas, cuyos puntos de vista importan de maneras que no lo hacen otras formas de opinión pública. Por dos décadas, las facciones rivales de la élite rusa han visto a Putin como garante de sus intereses generales, en especial de los financieros. Pero a medida que la economía rusa se hunde en un estancamiento inducido por las sanciones, el liderazgo de Putin ha comenzado a lucir más como un bloque que obstruye el camino que una baranda protectora. Y las esperanzas de Putin de que el presidente estadounidense Donald Trump mejorara las relaciones con Rusia han comenzado a parecer algo miopes, si no derechamente ilusorias. Del mismo modo, las protestas en Hong Kong, que no muestran signo alguno de debilitamiento, son producto de la extralimitación autoritaria. Comenzaron como reacción a una propuesta de ley que permitiría la extradición a China de ciudadanos y residentes de Hong Kong. Dada la torpeza con que Carrie Lam, la gobernante respaldada por Pekín, presentó la legislación, es posible que las autoridades centrales chinas solo tuvieran leve conciencia de su impacto político potencial. No obstante, la respuesta del gobierno chino a las protestas ha sido cada vez más contraproducente. El Ejército de Liberación del Pueblo ha amenazado abiertamente con intervenir para acallar las protestas contra el gobierno de Lam. Y en los casos en que los matones “triádicos” progubernamentales, cuya base más probable es China continental, han atacado a los manifestantes, la policía ha estado convenientemente ausente. En Hong Kong, estas palizas extrajudiciales tienen que haber contado con la venia del gobierno de Xi. Son malos presagios. Xi puede haber decidido que han pasado los tiempos de “un país, dos sistemas”, en la creencia de que China ya no puede tolerar una cuasidemocracia funcionando en su territorio, pese a que esto se aceptó como condición para el retorno de Hong Kong a la soberanía china en 1997. Preocupado por Taiwán y su deriva política cada vez más alejada del continente, puede que Xi piense que una dura política en Hong Kong asuste a los taiwaneses y los haga entrar al redil. Ha olvidado que acosar a Taiwán siempre ha producido lo opuesto a lo que China deseaba. Kruschev fue impulsivo cuando precipitó la Crisis de los Misiles en Cuba, pero lo motivaba el deseo de mantener la paridad militar con EE.UU. No compartía las ilusiones de grandeza estalinianas que parecen estar impulsando a Putin y a Xi a poner en juego el futuro de sus países. Nadie podría suponer que uno de ellos pueda sufrir el destino de Kruschev, o la sombría muerte de Stalin, que por largo tiempo se ha rumoreado que fue preparada por su propio entorno, ya cansado de los excesos de su despotismo.

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