La izquierda que vive con retrovisor

09 sep 2019 / 20:29

    Las protestas del jueves pasado -en Guayaquil, Quito, Cuenca, Riobamba, Zamora...- muestran por qué el país está detenido política y socialmente en los años ochenta. O antes. Los pobres, los marginados, los excluidos hacen parte de ese drama. No son por supuesto los únicos o los mayores responsables. Pero también ellos aceitan el bloqueo. A pesar de ser los más perjudicados.

    Algunos evocan la presencia de una generación que encarna, por ejemplo, Mesías Tatamuez y que se repite. Es inexacto. No es un tema de arterias. Giovanni Atarihuana y José Villavicencio son de generaciones diferentes. Y también ellos siguen recitando lemas fosilizados. Eso sería una anécdota si esas visiones no marcaran el imaginario y la acción política de un sinnúmero de organizaciones sociales, sindicatos, colectivos y partidos representativos de sectores del país. Su desconexión con la contemporaneidad no invalida las causas de sus reivindicaciones, pero hipoteca las vías de cambio para el país. Son colectivos que llegan siempre al punto de partida. Como si su papel fuese defender una ideología que no engrana, que fracasó y en la que no se reconoce una mayoría de la sociedad.

    Son colectivos que han renunciado a ser fuerzas transformadoras y se limitan a una labor testimonial cuya mayor expectativa es la organización de un paro nacional. Esa es su manera de ser leal a historia y de, políticamente, siempre otorgarse la razón. En el fondo esa izquierda no está preocupada de que las cosas cambien. No le importan las reformas porque son, a sus ojos, parches de un sistema que creen que hay que destruir. Tampoco le importa sacar lecciones de las experiencias reales forjadas con sus ideas. Su sistema de defensa incluye negar las evidencias empíricas para salvar su subjetividad. Siempre hay una razón que justifica sus tesis: el bloqueo del imperialismo. O la traición de gente como Rafael Correa que no aplicó las fórmulas como Alberto Acosta proponía.

    Una manifestación como la del jueves pasado es una ruda prueba contra la lógica. “No más privatización” se leía en pancartas y se oía en los discursos. ¿Qué privatizaciones ha habido? La realidad no sustenta la afirmación pero el reflejo condicionado queda a salvo. Como decir que las reformas económicas o laborales se harán porque el Ejecutivo está sometido al FMI. El FUT, la UGTE, los indígenas, la Unidad Popular (ex-MPD)... no hablaron de Correa. Ni del despilfarro. Ni de la corrupción. Peor, de la factura que hay que pagar. Sucede que al FMI se le ocurrió venir a Ecuador a someter a Lenín Moreno y exigirle competitividad y productividad. La realidad tampoco avala esa retahíla pero el prurito antiimperialista queda a salvo.

    Esa izquierda no solo practica la ceguera como deporte. La mezcla con la desmemoria. Una prueba: Hugo Chávez y su proeza de arruinar hasta la mendicidad una nación no existen. Maduro y su alianza con los militares y el narcotráfico tampoco. Los millones de venezolanos que deambulan por el continente no son el resultado de haber aplicado tesis rancias de la vieja izquierda que también produjeron desastres en Cuba. Además si los venezolanos agitan sentimientos de xenofobia en Ecuador, no es culpa de la mafia que gobierna su país: la culpa la tienen las políticas neoliberales de Lenín Moreno. Tal cual.

    Esa es la izquierda que el jueves pasado obtuvo una tremenda victoria: hizo su ritual callejero y amenazó al país con un paro nacional. Mientras tanto, la realidad sigue impertérrita. Pero eso no importa: el honor de la izquierda está a salvo.

    Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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