Carrera armamentista: con Moscú y Pekín

10 ago 2019 / 18:00

    Luego de que Trump decidió que EE. UU. salga oficialmente del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF) que había firmado con Moscú casi al finalizar la Guerra Fría y que prohibía los misiles con alcance de 500 a 5.000 km, el mundo vive al borde de una guerra nuclear, pues las dos mayores potencias militares se han amenazado con la posible fabricación de nuevas armas, si es que no las tienen ya.

    El Tratado INF, firmado en 1987, cuando Gorbachov todavía gobernaba la URSS, era un acuerdo de control de armas que prohibió todos los misiles nucleares y no nucleares de corto y mediano alcance, excepto las armas lanzadas por mar. En 1991, casi 2.700 misiles habían sido destruidos y ambos países permitieron al otro inspeccionar sus instalaciones militares. Gorbachov sabía que su país tenía que acabar con la Guerra Fría, pues había quedado muy golpeado por la Segunda Guerra Mundial.

    La idea de Trump consiste en suscribir un pacto nuclear con Rusia pero, incluyendo a China, una de las naciones con mayor crecimiento militar y que refuerza sus lazos militares con Rusia a un nivel sin precedentes. Trump insiste en que el nuevo tratado es un asunto muy importante para el mundo y está seguro de que se llegará a suscribir. En los últimos años, Pekín ha ido tomando la delantera en algunos campos gracias a la modernización de su ejército. Convertir al país en una potencia militar de primera línea ha sido uno de los grandes objetivos del actual presidente chino, Xi Jinping, que impulsó la reforma de las fuerzas armadas tras su toma de posesión en 2013.

    El poder de Pekín. Parte de la inversión del país asiático recae en la alta tecnología, un campo donde se encuentran sus “ventajas” más destacadas.

    En los últimos años, Pekín ha ido desarrollando armas de alta tecnología y renovando su ejército, hasta el punto de poder desafiar el poderío de EE. UU. o Rusia en algunos aspectos. El almirante Harry Harris, que dirigía el Comando del Pacífico de EE. UU., expresó sus temores acerca de China: “El desarrollo de las armas hipersónicas de China aventaja al nuestro. Nos estamos quedando atrás”, reconoció.

    Washington acusó a Moscú de violar el acuerdo al desplegar varios misiles 9M729, conocidos por la OTAN como SSC-8, algo que el Kremlin negó. “Con el pleno apoyo de nuestros aliados de la OTAN, EE. UU. ha determinado que Rusia está en violación material del tratado y, como consecuencia, hemos suspendido nuestras obligaciones en virtud del tratado”, agregó.

    Rusia era el único responsable de la desaparición del tratado. En febrero, Trump estableció una fecha límite para que su país se retirara si Rusia no cumplía con las demandas de EE. UU. y la OTAN. El presidente ruso, Vladimir Putin, suspendió las obligaciones de su país con el tratado poco después.

    ¿Qué preocupa del retiro? El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, dijo que la alianza transatlántica “respondería de manera mesurada y responsable a los riesgos significativos que representa el misil ruso 9M729 para la seguridad aliada”. Pero, agregó que la OTAN “no quiere una nueva carrera armamentista”, y confirmó que no había planes para que la alianza desplegara misiles nucleares terrestres en Europa. El mes pasado, Stoltenberg le dijo a la BBC que los misiles rusos tenían capacidad nuclear, eran móviles, muy difíciles de detectar y podían llegar a las ciudades europeas en cuestión de minutos.

    El secretario general de la ONU, António Guterres, por su parte, advirtió que se está perdiendo “un freno invaluable contra la guerra nuclear”. “Esto probablemente aumentará, no reducirá la amenaza que representan los misiles balísticos”, dijo, e instó a todas las partes a “buscar un acuerdo sobre un nuevo camino común para el control internacional de armas”. Esto ha provocado que EE. UU. deje de compararse con Rusia para hacerlo con China en ciertos aspectos, advertía el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos en un informe del año pasado.

    Conclusión. Cuando terminó la Guerra Fría y se disolvió la URSS en el gobierno de Yeltsin, se esperaba que el mundo viviera un largo período de paz y que, sobre todo, las carreras armamentistas se acabasen. La humanidad tenía otras prioridades: luchar contra la pobreza, las enfermedades que afectaban a ciertas regiones del mundo y especialmente, combatir el hambre, convertida en el peor enemigo de los países menos desarrollados. Después de Hiroshima y Nagasaki, donde se probó el significado de poder atómico, los gobiernos reflexionarían para evitar enfrentamientos en los que se volvieran a usar armas de destrucción masiva.

    Nos equivocamos. Los gobiernos, muchos de ellos que sufren de pobreza extrema como Pakistán, la India, etc., en otras palabras, estados que necesitan mucho para elevar el nivel de vida de sus pueblos, han dedicado ingentes recursos para fortalecer sus ejércitos y hacer los mayores esfuerzos para ingresar al club de los poseedores de poder nuclear. ¿Para qué? Hasta ahora no se ha encontrado un refugio que pueda proteger a los gobernantes de un bombardeo atómico. Y si lo encuentran, saldrán a observar solo destrucción y muerte.

    Rusia tiene todavía millones de hectáreas para cultivar y mejorar su difícil situación económica, ya que no solo puede sobrevivir con gas y petróleo. China ha mejorado su economía, pero el campo está siendo abandonado porque los ciudadanos se apretujan en las grandes ciudades donde encuentran salud y trabajo. Y EE. UU. no se encuentra atrás, con el problema de los migrantes y con la ayuda obligatoria que deben prestar a los estados que quieren vivir su sistema de libre empresa.

    ¿Valdrá la pena prepararse para una nueva guerra nuclear?

    Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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