Aquí puede pasar cualquier cosa

05 ago 2019 / 20:46

    Algunos sondeos lo registran. Pero como se equivocan sin remedio (y ni siquiera se excusan), quizá también vale mirar alrededor. El resultado es aciago: hay alta incertidumbre en la sociedad. Hay desencanto. O pesimismo. O infinita preocupación. O todo eso junto. Hay algo peor: la sociedad no sabe hacia dónde mirar.

    Se siente que la desazón está dando paso -o quizá ya dio paso- a un mayor desmoronamiento, a cierta disolución interna de la sociedad. Había que esperar un movimiento en esa dirección tras diez años de un liderazgo vertical en el cual la sociedad fue obligada a pensar y vivir según los designios del caudillo autoritario. El desengaño provocado por la corrupción y otros secretos que se revelan del correísmo explican parte del chuchaqui de una opinión que confió durante tantos años en el anterior gobierno. Pero esa sociedad, que sale del correísmo, da muestras de seguir en el limbo. Con un problema mayor: no tiene ante sí certezas. Y el Gobierno, que debe estar en primer lugar en la lista de proveedores de esperanza, está pedaleando en el vacío. Y le quedan 22 meses en esa insulsa tarea.

    El presidente Moreno y su gobierno carecen de liderazgo. Nadie se lo negó. Sencillamente tras haber generado la ruptura con Rafael Correa, se rehusaron a asumir las labores propias de un gobierno de transición. Ahí siguen. Sin identidad y sin estrategia. Su urgencia parece radicar en patear los balones hacia adelante en un esfuerzo que luce heroico por apagar incendios y ganar tiempo.

    La debilidad del Gobierno (que debió ser su mayor ventaja), lejos de avivar la capacidad propositiva en favor de los consensos mínimos, disparó el peor de los hábitos nacionales: esta puja darwiniana tradicional de todos los sectores para maximizar sus expectativas sin tener en cuenta el contexto político y la realidad fiscal. El resultado está ante los ojos: la popularidad del Gobierno y del presidente están por los suelos mientras no hay sector económico o social que no piense sacar provecho de aquello.

    La Asamblea Nacional no logra ni siquiera que sesionen todas sus comisiones, mientras que algunos asambleístas raspan el cocolón para sumar puntos a su popularidad con el escándalo del día.

    Ese vacío político, esa ausencia de certezas, aúpa todo tipo de dislates. Por ejemplo, ver al cura Carlos Tuárez y a los suyos tratando de derribar la poca institucionalidad que, con tiempo y sensatez, logró montar el Consejo de Transición presidido por Julio César Trujillo. Ver asambleístas que, por lo que sea, quieren tumbar ministros haciendo creer que están fiscalizando su labor. Ver tres jueces de la Corte Nacional de Justicia que se niegan a levantar el sigilo sobre sus cuentas bancarias. Y en vez de ir presos por presunción de corrupción, hacen ruedas de prensa para promocionar su disparate. Como si fueran héroes. Dos concejales en Quito también hicieron creer que era normal que siguieran yendo al trabajo con grilletes electrónicos...

    Falta año y medio para las elecciones de 2021 (sin contar la campaña que será otro rosario de promesas). Es un largo tiempo en el cual los ciudadanos tendrán la sensación de que Macondo ya no es una metáfora literaria, sino su realidad. Y esa realidad es cruel: un país caro sumido en el desempleo, endeudado, sin liderazgo y sin perspectivas económicas favorables.

    Se entiende por qué la sociedad está desencantada. O hundida en la incertidumbre. No se entiende por qué el establecimiento procede como si aquí no pasara nada. En realidad aquí puede pasar cualquier cosa.

    Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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