Ciega y sorda

10 ago 2018 / 00:01

    No sabía si valía la pena escribir sobre este tema. Por dos motivos: en primer lugar, he tratado de que este lugar crezca por sus propias ideas. No por ser un espacio que se valga de la crítica a otros para llamar la atención. Y, en segundo lugar, debo admitirlo, por miedo. ¡Quién nos manda a jugar con fuego y quejarnos después! Sin embargo, he escrito sobre la violación de derechos humanos en Siria. Sin embargo, he escrito sobre el tráfico de vidas en el Mediterráneo. ¡Cómo puede uno alzar su voz por quienes están tan lejos e ignorar lo que ocurre tan cerca! En la garita pegada a la mía. Ignorarlo no es solo ser cómplice en silencio. Ignorarlo es desconocer los problemas que enfrenta el Ecuador como sociedad. Porque la violencia no terminó ese día. La violencia no solo se dio con toletazos. La violencia se palpa cuando la justicia es negada. La violencia se palpa cuando a pesar de la evidencia deciden que es una contravención y no un delito. Cuando fue cuestión de arreglar. De conocidos. Y si el guardia no tuvo padrino, pues no se bautiza.

    Lo que vimos el lunes 6 de agosto es producto de esa mentalidad. Una mirada a la defensa de los agresores es suficiente para concluir cuál fue el desencadenante. Cumplía su deber. E inmediatamente “no supo ocupar su lugar” ni tratar con “respeto al propietario”. Si creemos que “a pesar” de eso, nada justifica la violencia, revisemos nuestro sistema de valores, pues estaremos comulgando con la raíz del problema. Ahora, no caigamos en la ingenuidad. Sin perder las proporciones, no podemos negar que -a pesar de la brutalidad del acto- esta noticia “vende” por el trasfondo de la historia. “Pelucones contra el guardia” es la fórmula del relato. La que utilizarán los abogados y repetirán hasta el cansancio. La que profundizará el barranco que divide nuestro país. Tal vez, los golpes no hayan respondido a un sentimiento de superioridad, tal vez respondieron a un salvajismo primitivo que desconoce de estrato social. Pero el lamento “por unos pagan todos” carecerá de valor si el problema resulta estructural, pues la justicia debe ser ciega y sorda, sin escuchar apellidos.

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