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China no esperará

16 may 2018 / 00:00

    El equilibrio global de poder está cambiando. A medida que Estados Unidos se retira del liderazgo mundial, China expande su influencia internacional. Muchos en Occidente temen que se lleve a cabo un intento -liderado por China- de revisar las reglas y normas que sustentan el orden mundial existente. ¿Están justificados dichos temores? El resurgimiento de China como importante potencia regional y mundial plantea profundos desafíos al orden internacional liderado por EE. UU., creado tras la II Guerra Mundial. Sin embargo, el objetivo de los líderes chinos no es cambiar de manera explícita y drástica dicho orden, el cual resultó ser lo suficientemente flexible como para permitir que la empobrecida China de la década de 1970 se convirtiera en el país que es hoy. En cambio, el objetivo es garantizar que el orden existente tenga la capacidad para acomodar adecuadamente los intereses y objetivos de China y EE. UU. Los objetivos de China son ambiciosos. La política de “reforma y apertura” de Deng Xiaoping permitió un milagro económico que ha sacado a cientos de millones de chinos de la pobreza. La tarea del presidente Xi Jinping no es solo completar lo que Deng comenzó y erradicar la pobreza, sino forjar una economía que haga que China retorne a la posición de importante potencia mundial que sostuvo durante la mayor parte de la historia registrada de la humanidad. Esta visión de futuro -que Xi denomina el “sueño chino”- realmente parece desestabilizar a Occidente, al punto de que algunos abogan a favor de un tipo de estrategia de contención coordinada. Pero la economía interna de China, al igual que la de EE. UU., ya es lo suficientemente fuerte como para garantizar la influencia futura del país. En ese contexto, una estrategia retrógrada de contención rígida está destinada a fracasar. Peor aún, podría conducir a China a plantear un desafío más fundamental al orden internacional existente. La única manera de preservar ese orden es demostrar que sigue siendo lo suficientemente flexible como para responder a las necesidades y aspiraciones de China. En una reciente conferencia internacional en Pekín (“China and the West: The Role of the State in Economic Growth”), organizada por la Escuela de Asuntos Internacionales y Públicos de la Universidad de Columbia, muchos participantes estuvieron de acuerdo en que la estructura jerárquica de toma de decisiones de China, que permite que el Gobierno invierta en reformas dolorosas pero necesarias, confiere una poderosa ventaja de desarrollo. Ya sea que Occidente esté listo o no, el ascenso de China va a continuar. Podría ser de apoyo si pensadores occidentales a través de nuevos marcos analíticos ayudaran a los líderes a comprender mejor el modelo de desarrollo de China. Pueden comenzar reconociendo que su modelo económico, que ha demostrado ser eficaz para impulsar el crecimiento y reducir la pobreza de manera sostenida, es una verdadera alternativa al enfoque occidental. Negarse a reconocer la realidad únicamente generará más tensión y más riesgo, porque si no se da cabida a China se desestabilizará el orden basado en reglas en el cual el mundo ha llegado a confiar. Occidente, en lugar de aferrarse a suposiciones obsoletas e ideas rígidas, debería trabajar junto con China para reformar el orden mundial existente de forma que beneficie a todos.

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