¿Asesor o superministro?

16 may 2019 / 18:43

    Lo más embarazoso con respecto a la figura de Santiago Cuesta es el silencio de Lenín Moreno. El asesor presidencial hace y la embarra y el presidente no dice nada.

    El gobierno que se jacta de haber terminado con la guerra sucia que su predecesor libraba contra los medios de comunicación independientes, calla cuando una de sus figuras más influyentes hostiga a los periodistas que denuncian casos de corrupción, los insulta como en las sabatinas de tiempos peores, haciendo caer el debate público hasta su nivel más bajo, e incluso los persigue judicialmente.

    El gobierno que presume de haber eliminado la Senain y ha prometido acabar para siempre con el espionaje político de disidentes y personas indefensas, calla cuando uno de los personajes que se sientan en la mesa chica de Carondelet y hablan al oído del presidente de la República decide, al parecer a título personal pero echando mano de las herramientas que le brinda su acceso a las altas esferas del poder del Estado, obtener datos confidenciales de ciudadanos y, cosa gravísima, divulgar su información financiera sin autorización judicial, poniendo en cuestión el sistema de seguridad bancaria y dejando a los ecuatorianos en la indefensión.

    Al gobierno que se dice empeñado en reinstitucionalizar el Estado ecuatoriano le parece muy bien que sea un funcionario sin responsabilidad administrativa en el manejo de las finanzas públicas, es decir, que no rinde cuentas ante la Contraloría ni está sujeto al control político de la Asamblea, quien se haga cargo de negociaciones tan delicadas como las que implican los procesos de concesión de las empresas públicas; que sea un simple asesor y no el ministro de Finanzas el que maneje la entrega de CNT (una empresa de 4 mil millones de dólares) a administradores privados; el que se reúne con los trabajadores de esa y otras empresas y con los capitalistas interesados en participar del negocio; el que informa a los medios y pone las agendas sobre este tema.

    Ocurre que Santiago Cuesta es y no es un simple asesor presidencial. De un lado, él se comporta en la práctica como si fuera la Supercom y la Senain al mismo tiempo. Hace las veces de vocero de gobierno, ministro del Interior y superministro de Sectores Estratégicos en la sombra. De otro, como simple asesor, goza de una invalorable ventaja: no tiene que rendir cuentas a nadie por esas funciones que desempeña sin que el presidente de la República diga, al respecto, esta boca es mía.

    Los INA Papers lo colocan a la diestra de Lenín Moreno desde los tiempos de Ginebra, cuando se cocinaba la campaña electoral y él organizaba reuniones con empresarios que, en su correspondencia electrónica con el entonces candidato, valoraba uno por uno en centenares de millones de dólares. ¿Los mismos empresarios con los que ahora negocia la concesión de las empresas públicas? ¿Tejía desde entonces Santiago Cuesta una cadena de favores, una red de fidelidades que hoy se administra desde Carondelet? ¿Proviene de ahí la impunidad que hoy le permite atropellar a ciudadanos indefensos, exponerlos ilegalmente y perseguirlos ante el silencio del gobierno?

    A Santiago Cuesta no hay que preguntarle nada. Corre uno el riesgo de ser conducido al albañal que habita y por el que se mueve como pez en el agua. Es el presidente quien le debe explicaciones al país. Es Lenín Moreno el que debe responder quién es, qué hace y a quién rinde cuentas este señor. De dónde provienen sus prerrogativas. Cuáles son sus fueros.

    Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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