Alguien dispone de su muerte

16 abr 2018 / 00:00

    Conocí a Efraín Jara Idrovo en los hospitalarios años setenta del siglo pasado, cuando acudíamos a su ciudad natal, Cuenca, a celebrar congresos filosóficos que convocaba la universidad estatal. Alguna noche, gracias a Iván Carvajal, que entonces ya residía ahí, lo visitamos en su casa hasta la madrugada, para hacer rápidos y, por supuesto, luminosos balances que daban cuenta de todo lo que nos interesaba. Me sorprendió su formación y su conocimiento de poetas, filósofos, lingüistas, teóricos de la música y del arte, tanto como su ironía templada con buen humor. Pese a que no vivió en ninguna metrópoli, cuya experiencia se dice, es imprescindible para sintonizar el tiempo, Efraín era todo lo contrario del autodidacta provinciano, pero también del evocador nostálgico de los mitos fundadores de la Tierra, de la geografía campestre latinoamericana.

    “Un hombre/ que al barajar las cartas/ el azar le impuso un nombre/ Efraín Jara/ se prepara para la final partida de dados/ anfitrión solitario/ un tanto ebrio todavía/ contempla a la madrugada los restos del ágape/ ceniceros repletos /sillas derribadas/ copas rotas o a medio vaciar”.

    Al recorrer la antología poética de Jara Idrovo, “Perpetuum Mobile”, que la Pontificia Universidad Católica del Ecuador publicó el año pasado en un gesto que hay que aplaudir, surgen las pasiones del poeta sobre las que vuelve una y otra vez: la muerte y la celebración de la vida como instante; la ausencia de origen pero también la presencia/ ausencia de la huella de algo que asoma siempre.

    La muerte es uno de los grandes temas de la poesía, lo mismo que la fragilidad de la existencia. Para el poeta, hablar de ellos es un problema porque son misterios. El carácter del misterio es serlo; no ser revelado. ¿Cómo nombrarlo entonces sin perderlo? Por la ironía, que no es solo una figura retórica, sino la estrategia moderna para celebrar el misterio: “Navegando, viviendo/ el puerto que te espera/ es tu rostro perdido el día que zarpaste”. De esa pasión por el misterio, hermosura y a veces poesía, se nutre su epitafio.

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