Alemania y el socialismo de los tontos

12 oct 2018 / 00:01

Si las encuestas de opinión contaran como elecciones, grandes partes de Alemania ya estarían gobernadas por la ultraderecha. En varios estados del este de Alemania, Alternative für Deutschland (AfD) se ha convertido en la principal fuerza política; en casi todo el resto del país está segunda, a la par o un poco por delante del conflictuado Partido Socialdemócrata (SPD) y solo superada por la Unión Demócrata Cristiana (CDU) de la canciller Ángela Merkel. Y esto puede empeorar en las próximas semanas. En las elecciones regionales que se celebrarán en Baviera el 14 de octubre y en Hesse dos semanas después, es casi seguro que AfD entrará a los dos únicos parlamentos regionales donde todavía no hay representación de ultraderecha. Los recientes disturbios xenófobos y las contramarchas por la tolerancia en la ciudad oriental de Chemnitz fueron un claro recordatorio de hasta qué punto la opinión pública alemana está dividida en torno a las migraciones. Y AfD siempre ha sido un camaleón de la política, hábil para explotar temas mal manejados. Empezó con la crisis del euro, continuó con las migraciones y finalmente encontró en el Islam y la integración dos arietes para su acometida en pos de apoyo. Ahora parece que encontró otro tema: el rechazo a la economía liberal y un etnosocialismo vulgar. Este giro hacia temas de “justicia social” es contrario a la intuición. AfD nació en 2013 como un eurocrítico “partido de profesores”, la mayoría liberales en lo económico, y sus descendientes aún conservan el neoliberalismo en su ADN. Todavía hoy promueven el libre comercio, mayor competencia, reducción de impuestos y austeridad en el sur de Europa. Pero lo que servía para el antiguo partido de profesores no allanará el camino de AfD al poder. Muchos votantes de clase obrera no quieren oír hablar de neoliberalismo. El objetivo de AfD es convertirse en un nuevo partido de masas, un Volkspartei, capaz de ser una amenaza mortal para el SPD, y al sistema político alemán en general. Así, propugna aumentar pensiones y mejorar los servicios médicos en áreas rurales, y critica las altas rentas; quiere “ser social sin volverse rojo”, el eslogan de campaña. Su líder en Brandemburgo, Andreas Kalbitz, anunció que en las elecciones del año entrante el partido va a centrarse en la “justicia social”. Los impulsores de una AfD más “socialista” están en el este de Alemania, donde dirigentes agitadores desde hace mucho piden “un partido del patriotismo y la solidaridad”. Muchos ven en esto un tributo apenas disimulado al nacionalsocialismo. Algunos de los ingredientes principales del programa son un aumento de pensiones y la inclusión de los autoempleados en los fondos de pensiones estatales, para combinar “la identidad y la solidaridad”, a fin de rechazar “el neoliberalismo y su historial de fracasos”. En el nivel federal, mientras siga la bonanza económica alemana es muy improbable que AfD consiga la mayoría, pero es casi seguro que la ultraderecha saldrá muy fortalecida. La doble retórica antisistema en lo cultural y económico que funcionó en partidos populistas de derecha en otros países, ¿cuánto funcionará en Alemania? Las encuestas no tranquilizan; hasta un 13 % de los votantes alemanes que se identifican como centristas no descartan votar por AfD. En vista de este potencial, mucho dependerá de la respuesta del centro alemán. Una idea es que es posible diluir el desafío de AfD mediante una división de tareas entre la CDU y el SPD. Pero no será tarea fácil para dos partidos encerrados en una gran coalición impopular.

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