Narcocultivos, el destino de muchos venezolanos

Cientos de migrantes terminaron recolectando hojas de coca en Colombia. Al dolor físico del duro oficio se suma la nostalgia.

14 feb 2019 / 00:01

Con los primeros arbustos las manos se ampollan y parecen latir de la hinchazón, pero lo peor (ahora lo saben) es cuando la piel revienta en sangre. Y entonces los venezolanos maldicen, porque ninguno imaginó que huiría de la crisis para recolectar hojas de coca en Colombia.

Cientos de ellos sobreviven gracias a los narcocultivos y bajo las estrictas normas de comportamiento que rigen en los territorios cocaleros de la frontera.

Dejaron de ser obreros, taxistas, pescadores o vendedores en su país para recolectar la hoja que sirve para fabricar cocaína, una actividad ilegal de la que apenas habían oído hablar y que los desgarra física y moralmente.

Hace dos años que Eduar, de 23 años y padre de dos bebés, migró de Guárico, en los llanos venezolanos, cuando la hiperinflación devoró los últimos billetes que “guardaba en un pote”.

Viajó por tierra hasta la región limítrofe de Catatumbo, donde en principio se ganó la vida como albañil.

Un trabajo que resultó menos agotador y doloroso que las diez horas que pasa a diario entre plantaciones de coca, siempre bajo el sol o la lluvia.

Pero el “problema son las manos”, dice Eduar. Y se quita las tiras de tela roja que hacen las veces de guantes y exhibe las palmas y dedos encallecidos. “Cuando empiezas a agarrar la mata es que te sangran [las ampollas]. A eso tú le tienes miedo y no quieres volver”.

Eduar, quien pide ser llamado así, se descalza y se mete a raspar coca en calcetines raídos. No soporta el calor en los pies. Suda a mares y lleva un sombrero alón de fique que le da un aire de espantapájaros en medio de los plantíos verdes.

Como ‘raspachín’ gana por semana hasta el equivalente a 144 dólares, tres veces más que lo que recibía en la construcción. Como la mayoría de los inmigrantes, deja una mínima parte para sobrevivir y el resto lo envía a Venezuela.

Pese a que Catatumbo es una zona prácticamente militarizada, grupos armados ejercen influencia y se disputan el control de los narcocultivos. Hasta 2017 Catatumbo concentraba el 16,5 % del total de las siembras ilegales en Colombia, el mayor proveedor mundial de cocaína.

También por esta región han corrido ríos de sangre por el conflicto armado.

A comienzos de 2017 el turno fue para Endy Fernández, de 36 años. Vendió lácteos y trabajó como albañil en el estado Zulia antes de tomar carretera, cruzar la frontera y caminar 16 horas hasta Pacelli, un corregimiento o poblado del Catatumbo.

“No sabía ni cómo era una mata (de coca), ni de qué color era”, sostiene. Trepó hasta lo alto de una montaña y allí, con “la lengua fuera”, recibió la dotación: un saco abierto con un aro para que metiera las hojas y jirones multicolores para los dedos.

Y entonces vino el mismo suplicio de las ampollas que sangran al día siguiente.

Con los dolores físicos y el que les causa la separación familiar aumenta entre los ‘raspachines’ venezolanos el desprecio por el Gobierno de Nicolás Maduro. Y aunque los cocaleros escuchados dijeron haber apoyado alguna vez al chavismo, ahora solo quieren que Maduro “salga como sea”.

Con 3.200 pobladores, Pacelli ha recibido a casi 1.000 venezolanos desde 2016.

La mayoría terminó trabajando en narcocultivos y desplazando la mano de obra colombiana, según Gerson Villamizar, máxima autoridad comunitaria. “Los venezolanos por lo general trabajan y envían el dinero (...) entonces el dinero no circula (acá) y hay un impacto negativo, sobre todo para los comerciantes”, señala.

Unos 100 venezolanos han sido expulsados por hurtos, intentos de homicidio y consumo de alucinógenos.

Villamizar explica que el destierro es la forma de “salvaguardarles la vida” a los infractores, porque si se quedan podrían ser ajusticiados por las organizaciones armadas.

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