Del irrespeto a la violencia

La agresividad se forja, entre otros factores, en un ambiente de tensión y escaso sentido de colectividad. La repetición de casos fuerza a las autoridades a protegerse.

12 ago 2018 / 00:01

El respeto, ese valor moral que posiblemente la mayoría de los ciudadanos aprendió desde el kínder o en el hogar parece disperso en estos días con la difusión masiva de un caso, el de la agresión en una garita de Ceibos, que ha indignado a la ciudadanía y ha despertado la preocupación en psicólogos y sociólogos. El punto de atención, ahora, se enfoca en los factores que alimentan el irrespeto de algunas personas hacia las autoridades y a los otros ciudadanos, que llegan incluso a la agresión física.

Con el objetivo de encontrar una respuesta a tales actitudes y hallar posibles soluciones, EXPRESO ha recurrido a varios expertos. Hay varios ingredientes detrás de cada episodio de violencia ciudadana y unos tienen que ver con la persona y otros con el concepto que se tiene de la sociedad.

Elba Bermúdez, psicóloga y docente, los define como comportamientos ‘acting out’ (portarse mal). El significado de este término denota un “salto a todo el proceso de pensar y actuar con inteligencia ante un conflicto”.

Bermúdez manifiesta que “esos guardias -en referencia al hecho violento en Las Cumbres- estaban acatando una orden de su jefe, y si no lo hubieran hecho habrían perdido sus empleos. Entonces, en una mente racional quizás esa hubiese sido la reflexión que debieron hacer los atacantes, pero nunca sucedió; se la saltaron”.

Según el sociólogo Napoleón Velastegui, otro factor que influye para que las personas estallen de manera agresiva, “es la tensión social que vive el país, y la percepción de impunidad”. Es decir, que la posición política o socioeconómica “hace creer a las personas que están por encima de otros y que pueden salir impunes de cualquier situación”.

Pero, para Velastegui, lo que más influye en los casos de violencia en Guayaquil es la falta de organización social. “Debemos actuar colectivamente, nuestra ciudad tiene poca organización. La mayoría de personas no pertenece a ninguna organización, ni siquiera deportiva; lo que provoca que los sujetos actúen y piensen de forma individual y con poca solidaridad”.

Ese irrespeto entre ciudadanos no siempre acapara titulares pero sí es un tema palpable en situaciones cotidianas como el uso de la Metrovía, donde todos se empujan para ganar un espacio, o el constante intercambio de insultos entre conductores cuando hay tráfico pesado o maniobras inesperadas. También cuando un cliente se niega a pagar lo justo en un determinado comercio. De hecho, es lo que pasó en el último caso viralizado: el viernes trascendió en redes sociales la disputa de una veterinaria que se negaba a pagar por unos pañuelos que había encargado a una costurera y, según se denunció, la controversia terminó en una situación de violencia. Son situaciones agresivas cotidianas que, en ocasiones, pasan de lo verbal a lo físico.

Desde el punto de vista del sociólogo Andrés Martínez, a más de los valores dados en el hogar, la formación y el temperamento de cada quien, existen factores externos que influyen en una persona para definir cómo maneja un debate o una discusión. Y eso se ve en cómo, por cuestiones simples como el tráfico o el clima, “la vida moderna tiende a exaltar a las personas”.

Con eso, Martínez no quiere decir que la efusividad o agresiones sea exclusiva del guayaquileño o del costeño. Él cree que el clima caliente hace que el costeño sea más expresivo, pero, finalmente, son los valores y la formación de cada quien los que determinan sus actitudes. “Aunque suene trillado, lo mejor es contar hasta 10. Esto puede servirnos como tip para no caer en la agresividad”, sugiere como solución. También han surgido iniciativas civiles como la de ‘Mejoremos lo Público Ec’, que ha expuesto y cuestionado la problemática de la violencia en la ciudad, a través de debates ciudadanos en redes sociales, para movilizar conciencias.

Pero para las autoridades y cuerpos de seguridad, que son quienes experimentan enfrentamientos con más recurrencia, la solución no puede limitarse a confiar en el autocontrol del ciudadano. La Autoridad de Tránsito Municipal (ATM) ha sufrido varios episodios de ciudadanos que reclaman o discuten con agresividad cuando se les llama la atención o van a ser sancionados. Solo este año, la ATM denunció 25 casos de irresuelto a sus agentes civiles de tránsito . “De estos, 24 agresores han recibido sentencia condenatoria gracias a nuestro equipo de abogados y el último caso está en proceso judicial”, manifiesta Gabriel Arroba, director de comunicaciones de la ATM.

Lo que ha percibido la autoridad de tránsito de Guayaquil en esos casos y en los comentarios recibidos es que una de las razones por las que se falta al respeto de los agentes es porque son civiles de tránsito. “ La gente dice que ellos no son autoridad porque son civiles”. Y ese es uno de los puntos en los que se está trabajando para concienciar a la sociedad de la posición de autoridad en el área que les compete, o sea, la de tránsito.

Medidas ante la violencia

La ATM está instalando en el uniforme de sus agentes una pequeña cámara de vídeo (BodyCam) con GPS, colocada a la altura de tórax que graba mientras realizan su jornada laboral. De esta manera, los aparatos sirven para captar las actitudes de los conductores con los agentes civiles y viceversa. “Para que si alguien le falta el respeto a alguno de nuestros agentes, todo quede grabado”, comenta Gabriel Arroba, director de comunicación de la ATM.

Hasta el momento, 80 de los uniformados poseen esa herramienta, pero la institución prevé conectar a más de 300 agentes, a través de Internet al Centro de Control Integrado de Tránsito y Transporte (CCITT) inaugurado hace poco.

Se prevé que, a finales de año, todos los agentes cuenten con el dispositivo.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

A LA CARTA