La reinvindicación del primer castillo

La biblioteca muda parte de sus textos a la planta baja de este edificio patrimonial ubicado en El Astillero. Funcionarán departamentos municipales en los otros pisos.

22 abr 2018 / 00:00

Fue una promesa de largo aliento. Ocho años después de su expropiación, el castillo José Martínez de Espronceda, aquel llamativo edificio del barrio El Astillero, que se levanta en las calles Eloy Alfaro y Venezuela, recibe con su recuperación, una reivindicación como el bien patrimonial que es desde 1990.

Atrás quedarán para siempre sus pasados: el de edificio de departamentos, como nació en la década de los treinta; y el de guarida de indigentes, drogadictos, parejas lujuriosas y criadero de ratas, en lo que se convirtió los cinco años siguientes al 2011, cuando el Municipio, aparentemente, lo dejó olvidado, tras haber anunciado el proyecto de la construcción de una biblioteca en esa área.

El contrato de recuperación del bien, que asciende a 623.346,58 dólares, se firmó en julio del año pasado, pero es recién hasta este abril cuando se confirma que, además de que la obra concluyó su primera fase, se mantendrá el plan original. Pero ya no en los tres pisos que posee, como se había pensado, sino solo en la planta baja, confirmó el director de Cultura del Municipio a EXPRESO, Melvin Hoyos.

El castillo es una de las primeras edificaciones de la ciudad que usó hormigón importado para su construcción, diseñada y culminada por el hombre a quien Guayaquil le debe, también, la edificación de la segunda parte de la catedral, el arquitecto español Juan Antonio Orús.

El español levantó el bien por pedido de su coterráneo, José Martínez de Espronceda, un empresario destacado de mediados del siglo pasado que era dueño de ‘La Frutal’ y de la gaseosa Fox, cuyas fábricas funcionaron en la parte posterior del castillo.

Hoyos justifica el atraso de estos años. “Se debió estudiar la losa una y otra y otra vez para ver si finalmente se podía poner la biblioteca en los tres pisos”, explica, y recuerda que luego de esos análisis se determinó que las bases de los pisos dos y tres no soportarían el depósito de libros. Por eso, estos solo se quedarán en la planta baja. En el resto de pisos, adelanta, funcionarán otros departamentos municipales.

El arquitecto Johnny Ugalde, catalogador de bienes inmuebles del Instituto Nacional de Patrimonio, considera un acierto combinar los usos. “Se trata de un edificio singular, de una forma curiosa, con aspiraciones de nobleza, un hito de El Astillero, un elemento que marca una zona urbana a través de su desarrollo arquitectónico”.

Coincide con él el historiador y catedrático Alberto Sánchez. “Ese proyecto ya tiene algún tiempo y es una necesidad imperiosa para la biblioteca. Está muy bien lo decidido. Guayaquil ya debe construir un centro cultural con una biblioteca moderna”.

Como es grande, describe Hoyos, “nos permitirá llevar a cabo el proyecto como lo teníamos pensado. En la esquina de la planta baja, la librería, adjunto a esta, donde ahora hay una puerta metálica, habrá una de vidrio para dar acceso a un hall de distribución que dará a la librería y a la hemeroteca de la biblioteca de autores nacionales Carlos A. Rolando, que se traslada al castillo con sala de lectura incluida”.

Habrá un área de atención al público que atenderá a quienes lleguen a consultar el archivo histórico de la ciudad: colonia, República, archivo de la Gobernación, de la secretaría hasta 1950 y archivo genealógico. Además de una bodega de libros del programa editorial municipal y un espacio para la Academia Nacional de Historia capítulo Guayaquil.

“Será un sitio ideal para investigadores. Se convertirá en la biblioteca de autores más grandes del país, luego de la Aurelio Espinoza Pólit, de Quito. Aún no hay fecha de inauguración, pues falta ultimar detalles.

Recuerdos y nostalgia envuelven sus paredes

Llegó allí los primeros años del 90, cuando era una niña de apenas cuatro años. Las paredes de ese edificio la vieron convertirse en adolescente. Sonríe al recordar que, por aquellos días, se sentía una princesa por vivir en el castillo.

No había muchos habitantes en ese entonces en el barrio El Astillero, sí mucha vida fluvial. Desde la enorme terraza del castillo de Espronceda podía ver gran parte de Guayaquil y de su río. Recorrió cada uno de sus corredores y se fotografió en cada rincón.

Carolina Guadalín es miembro de una de las diez familias que vivieron en el castillo antes de su expropiación, en 2010. Eran como una gran familia. Recuerda las enormes habitaciones de los departamentos, todos iguales, las anchas escaleras, los detalles de mampostería...

El espacio es lo que más extraña de la que fue su casa por 17 años. Y lo fuerte que era la estructura. “Con paredes tan anchas, no se sentían los temblores”.

La noticia de la recuperación la llena de nostalgia. Ella vivió la época de oro del castillo y vio con tristeza la decadencia por la que pasó hace pocos años. Le alegra que lo hayan recuperado, aunque hubiera preferido que se mantengan los departamentos. Después de todo, el castillo, argumenta, nació como una casa.

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