Luis Carlos Mussó

Luis Carlos Mussó (Guayaquil, 1970) es autor de nueve poemarios, entre ellos “Geometría moral” (2010). Con “Oscurana”, su primera novela, ganó el primer premio de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, núcleo del Guayas

30 sep 2012 / 00:14

El Mercado Central, el Malecón, el Cristo del Consuelo, el Cementerio General, las salas de velación de la Junta de Beneficencia son algunos de los escenarios de “Oscurana”. La novela del poeta guayaquileño Luis Carlos Mussó es una síntesis de lo que era Guayaquil (y de lo que sigue siendo) años antes de la regeneración urbana.

La novela está contada en dos tiempos, con 50 años de diferencia. Se trata de una reconstrucción poético-vanguardista de la tormentosa vida y “misterios” del escritor ecuatoriano Pablo Palacio (1906-1947), que tiende un puente al Guayaquil contemporáneo, según el jurado del concurso de la Casa de la Cultura que la premió en 2009, bajo el título de “Luz literal”. Por un lado cuenta el periplo vital, el esplendor, la enfermedad y muerte de Palacio. La otra es la historia de dos investigadores locales, ebrios, que 50 años después pretenden terminar una tesis sobre la vida del escritor de vanguardia.

“Oscurana” llegó hace semanas a las librerías. La editorial Antropófago planea el lanzamiento oficial este octubre, aunque aún no define la fecha.

‘El Sur no es un punto cardinal es más bien un estado del alma’

- ¿Qué pretendía Mussó con esta “Oscurana”?

- Desmitificar la figura de Pablo Palacio. Hay muchas personas que hablan de este escritor sin haberse acercado a las páginas de sus libros. Palacio es quizá uno de los autores más comentados, pero menos leídos. Es alguien que desde lo textual y extratextual tiene muchas cosas que decir, una leyenda blanca y una negra. Es un mito, yo he querido ubicarlo como alguien con errores, en sus roles: en la política, en la literatura, en la academia. He querido humanizarlo, pero al mismo tiempo darle ese cariz literario.

- Usted es ante todo un poeta, ¿cómo fue el salto a la prosa?

- Sentía que esto solo lo podía decir a través de la narrativa, el libro nació de un poema. Empecé a trabajar con esta voz, con el flujo de conciencia de Pablo Palacio, en principio era solo un poema que después se fue haciendo cada vez más largo. Y se convirtió en uno de los fragmentos de esta novela. Quería decir más cosas sobre Palacio, pero también quería decir cosas sobre Guayaquil. Quería que la literatura y la vida se conecten. Que la narración que recrea la vida de Pablo Palacio toque la de este personaje ficticio, Alejandro Elghoul, que desde el presente investiga sobre aquel.

- ¿El título de la obra tiene que ver con la locura?

- Es esa oscuridad que tenemos todos adentro. Una oscuridad que siempre está cobijando y al mismo tiempo tendiendo redes sobre la ciudad, sobre nosotros. (...) Son dos vidas, la una cercana a la locura, la otra entregada a ella. Personajes en los que se puede encontrar un paralelismo. Y a veces un discurso tiene resonancias en el otro.

- ¿Palacio le obsesionó tanto como a su protagonista?

- Investigué bastante sobre él, pero para no contradecirme, no cometer errores. No ubicar a Palacio en tal año o en tal fecha (donde no estaba). Revise archivos de Loja, Quito y Guayaquil, ciudades donde nació, se afincó y murió. Por ejemplo mucha gente piensa que murió en el psiquiátrico, pero no había psiquiátrico en ese tiempo. Fue en neurología del Luis Vernaza.

- Para reconstruir la vida del autor parte de una realidad, pero después se da licencias como para meterse incluso en la cabeza de Palacio...

- Dos fragmentos son eso, son un flujo de conciencia de él ya totalmente acabado por la enfermedad (la locura tras contagiarse con sífilis).

- ¿Cómo entra el Puerto Principal con tanta fuerza a la novela?

- Quise que Guayaquil fuese una especie de cruce de caminos. Que el lector pudiera saltar no solamente en lo físico, en el espacio, sino también en los tiempos y las perspectivas. El Puerto Principal es el lugar donde muere Palacio y entonces era como desde allí comenzar a preguntarse por el pasado.

- ¿Es una novela poco convencional esta “Oscurana”?

- Pensé que la estructura de la novela no tenía que ser “A”: dividida en capítulos, y “B”: cronológica. Mejor asimilar sus fragmentos con los misterios dolorosos, los gozosos, los gloriosos y los de la luz. Lees fragmentos en tercera persona, en segunda, en primera (un flujo de conciencia) dependiendo de la ubicación de los personajes. Esa estructura se complementa con la inserción en el guion de un corto documental y con una pieza de teatro en un solo acto: Alejandro Elghoul hablando con el fantasma de Pablo Palacio.

- ¿No era muy arriesgado usar la segunda persona, el “tú”, para iniciar la novela?

- El reto era sostenerlo en toda esa serie, los misterios gozosos. Porque puedes leer solo los gloriosos, los dolorosos, puedes jugar a leerla como quieras o puedes leer la novela de corrido.

- ¿Pretende ser “Oscurana” la gran novela no escrita sobre el Puerto Principal?

- No, no. No sé si en realidad Guayaquil está esperando esa gran novela, ese gran cuerpo narrativo que la inserte en la literatura contemporánea universal.

- ¿Pero usted no deja nada afuera de todo aquello que representa a la ciudad?

- Claro, pero es una mirada. Una perspectiva de lo que ha sido dejado de lado. Pensemos en la regeneración urbana que margina lugares que pueden ser caóticos, violentos, políticamente incorrectos, pero son en cambio los de más sabor y honestidad.

- ¿Son lugares más veraces?

- Es lo que distingue a la ciudad de las demás. Ahora son todas ciudades de centros comerciales y los espacios son los mismos.

- ¿Es un Guayaquil como el del sur que usted evoca?

- En alguna parte de la novela lo dice: el sur no es un punto cardinal es más bien un estado del alma. Y el centro también es sur.

- ¿Es una zona de contrastes y sorpresas inauditas, como aparece en el libro?

- Son aromas, paisajes, son sabores. Ese Guayaquil está construido en algunos casos caóticamente, pero en gran parte a eso le debemos su hechizo.

- Pero la que pasa por estas páginas no es la urbe del siglo XXI...

- Está el Guayaquil de Palacio (1947). Y la parte contemporánea de la novela se ubica en el año 1996, antes de la regeneración. Ahí está el Malecón antiguo. Una pareja apedrea el río desde la rotonda, apuntándole a una isla de lechugines.

- ¿Hay mucho en las descripciones del Mussó cronista?

- Están cosas como la procesión del Cristo del Consuelo, por ejemplo, es casi querer meter al lector ahí. O el sitio donde vendían pescado los gais, eso pasaba donde ahora está el Palacio de Cristal. Los pescados salían de la canoa a la paila. La novela es una representación de la ciudad, una representación de un tiempo contemporáneo y pasado. (...) Quise evitar el mero regodeo lírico, relatar cosas, pero también hay la posibilidad de que el lenguaje sea el protagonista.

- ¿A usted, como a su personaje le dicen “sureño”?

- No. Pero hay muchas personas reales que con su nombre o sin él están ahí. Unos son deliberadamente enajenados de su espacio e involucrados en otro.

- Como el pintor Jorge Jaén y Carlos Calderón Chico...

- Jaén ni siquiera sabe que es personaje. Lo sabrá ya...

- ¿Pero Alejandro Elghoul, funciona como alter ego de Mussó?

- Podría ser... Bueno sí, por el apellido judío y el nombre germánico. Carlos es germánico; Mussó, judío.

- ¿Ha visto la aparición de una mujer desnuda con alas después de una borrachera de tres días?

- (Sonríe) Quisiera verla. Visito el cementerio desde antes que fuera zona turística, siempre estoy paseando, mirando esas esculturas, el granito, el mármol, me llaman mucho la atención.

- ¿La descripción del ángel que se le aparece a Alejandro es la de una escultura del cementerio?

- Exacto, por ahí va la cosa.

- Como lo hace su personaje, ¿alguna vez habló usted con el fantasma de Pablo Palacio?

- Quizá el diálogo se está entablando ahora, aquí, a través de la novela.

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