Luchan por el sueño de ser militares, marinos o policías

Aproximadamente 40 chicos entrenan en Guayaquil con el objetivo de acceder a un cupo para las Fuerzas Armadas o la Policía.

13 may 2019 / 13:35

“Vamos Lili, vamos Lili, corre”... Los gritos de apoyo de los muchachos no cesan. En medio de una carrera de 20 metros, seis chicas cargan, al nivel de sus cinturas, unas llantas. Lili no tiene tanta necesidad de sostenerla con sus manos, pues a esta joven de 1,70 metros y casi 120 kilos de peso (unas 264 libras) la llanta que lleva, mucho más grande y pesada que las del resto, le queda casi ajustada a su cadera.

Envuelta en una blusa y pantalón anchos, Lili toma la delantera, hasta que Gabriela Zambrano, mucho más pequeñita y ágil, ‘pica’ y se impone en el tramo final.

La carrera termina y todas las chicas se retiran sus llantas y dan paso a nuevos competidores. Todas menos Lili. A ella el neumático se le queda atrapado entre sus caderas. Pero ella no se avergüenza: se arrodilla, levanta los brazos y logra liberarse de la rueda. Para eso requiere la ayuda de tres personas.

A punta de puro esfuerzo, Liliana Castillo (Lili, para sus compañeros) ha bajado en cuatro meses casi 30 kilos (antes pesaba unos 150 kilos). La impulsa su sueño de ser policía y sabe que para eso debe seguir trabajando hasta conseguir, más que un peso ideal, un estado físico adecuado para superar las pruebas que se imponen.

Su dedicación y el ver cómo le pone ganas a su ejercitación son un aliciente para sus amigos y compañeros, un grupo de 40 muchachos que día a día se entrenan en el complejo de la Liga del Sur, en Guayaquil, todo con el fin de estar listos para acceder a un cupo para las Fuerzas Armadas (Ejército, Marina, Fuerza Aérea) o para la Policía y sus grupos de élite (GIR, GOE). Todo lo hacen en conjunto y la “pelea por lograr el mejor estado es peleando” dicen.

Algunos llegan desde otras provincias y pasan una especie de internado con el único fin de entrenarse y capacitarse física, académica y psicológicamente para tratar de superar las pruebas que les impongan cuando apliquen a cada área.

Allí también está Pedernales. Así llaman a Javier Muñoz Sánchez, de 18 años. Los recuerdos del terremoto de 2016 que devastó su ciudad y dejó a su familia en la calle y donde vio “morir a mucha gente, a muchos amigos”, lo impulsan a seguir adelante. Pedernales, más que su sobrenombre, es su marca de vida. Él lo tiene claro: “Quiero ser policía, pero ingresar a uno de los grupos especiales, el GIR o el GOE”, dice con cierta sabrosura.

Gabriela, la menudita de 18 años que le ganó la carrera a Lili, en cambio quiere ingresar a la Escuela Superior Naval, para ser oficial; Eddy Mera, también de 18, llegó desde Esmeraldas a Guayaquil para entrenar y poder ingresar a la Escuela de Grumetes; y Leidy Espinoza, una de las más nuevas en el grupo, vino desde el frío de Guano, en la provincia de Chimborazo, para prepararse e ingresar al Ejército.

“Para ser soldado se debe tener los bigotes largos como Lucifer, ojos de lechuza, dientes de león y musculatura como de Sansón”. Es hora de entrenar y el grito a todo pulmón de Steven Castillo dirige a los demás en la carrera por la pista. A sus 20 años y habiendo cumplido ya el servicio militar obligatorio, ahora va tras su sueño de regresar a los cuarteles. Él es uno de los más fuertes en el grupo y conoce la vida en las barracas.

Muy por la mañana, el sudor y el cansancio hacen presa ya de los chicos, concentrados en la cancha del complejo de la Liga del Sur, donde se ejercitan.

Luchan por el sueño de ser militares, marinos o policías
Los jóvenes mismos deciden si ya están listos para las pruebas de ingreso o no. Ellos realizan diversas actividades físicas para ponerse en forma.

Un día a la semana van al puente de la calle 17, desde donde los chicos pierden el miedo a lanzarse de las alturas. Unos lo hacen sin recelo; otros, como Leidy, se suben a la baranda del puente, pero... pasan uno, dos, tres minutos. “¡Lánzate, vamos, vamos, el agua está fresquita!”, gritan quienes ya están en el estero Salado. Nada que ver. El temor se apodera de ella y se baja. Después lo intentará.

La preparación es realmente difícil. Hay algunos como Santiago Machuca, que lleva ya un año y dos meses entrenando y estudiando para, cuando se abra el proceso de selección para la Policía, estar listo. No lo ha podido hacer por dos cosas: no se ha sentido preparado y, además, recién está por cumplir los 18 años, edad a la que ya podría acceder con sus documentos.

Ellos también están conscientes de que quienes deseen ingresar a las Fuerzas Armadas o la Policía deben tener “espíritu de servicio y estar listos a ciertos sacrificios con la familia”.

Eso ya lo saben algunos como Jhostyn Viscarra, de 17 años, quien dejó el campo de su natal Ventanas (Los Ríos), donde ayudaba a su familia cogiendo naranjas o cultivando cacao, todo porque quiere ser policía, “para ayudar a mis padres y devolverles todo lo que han hecho por mí”.

También lo sabe Lili, quien todos los días debe salir desde el Guasmo Sur para entrenar. La impulsa la idea de tener algo seguro para poder sacar adelante a su madre, que se ayuda con una pequeña tienda, y a su padre, que hace fletes.

Para Lili, atrás quedaron sus sueños de estudiar enfermería, pues falló en las pruebas del Senescyt. Atrás también quedaron los cursos de belleza, cosmetología, salud y otros que hizo para poder ayudarse en algún trabajito. Su meta es vestir el uniforme policial. Y la comparte con todos sus compañeros, cada uno con un sueño distinto al que hoy le ponen el mismo ‘ñeque’.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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