La magia de Sacachún y su deidad San Biritute

Al pueblo se llega por un camino de segunda aledaño a la vía a la costa Sus habitantes descienden de los huancavilcas

28 mar 2016 / 00:00

Entrando a la altura de la población de Buenos Aires, en la vía a la costa, recorriendo 15 kilómetros por un sinuoso camino pavimentado, pero estrecho y con baches producto de las lluvias de estos días, se encuentra Sacachún, un pueblo de 300 habitantes.

En ese viaje hacia este poblado rural, el paisaje se torna solitario a medida que se avanza. Una que otra casa de campo y un par de granjas avícolas es lo que se observa en las laderas del camino.

Sacachún aparece de pronto en lo alto de una loma, a la izquierda del camino.

El caserío no tiene más de 80 viviendas, 50 de ellas ocupadas por personas de la tercera edad. Se ven apenas a un par de niños jugando con una pelota en la calle solitaria. Los padres los dejaron al cuidado de sus abuelos mientras trabajan en Guayaquil.

Todos se conocen. Los Tumbaco, los Tigreros, los Quimí, los Tomalá, los González, entre otras, son de las familias más mencionadas.

Todos están pendientes de la llegada de algún turista, para atenderlo y contarle la historia de su pueblo y especialmente de su deidad, San Biritute.

Este -su monolito- está en el centro del poblado, en un parquecito adornado y cuidado con esmero.

San Biritute es un tótem de piedra conformada por un conglomerado marino de hace más de dos millones de años, que representa al dios de la lluvia, la fertilidad y amor. Fue tallado por los manteños-huancavilcas en el año 1200 de nuestra era.

Cuentan los abuelos del pueblo que fue traído hace 130 años desde el cerro Las Negras, donde existía un centro ceremonial de la cultura huancavilca. El tótem estaba rodeado de ocho monolitos similares, pero este ocupaba el centro.

“Cuando se nos llevaron a San Biritute, el pueblo se entristeció. Sobrevino una sequía que duró años. La gente emigró, especialmente los jóvenes, en busca de mejores horizontes. Fue en 1948 cuando con engaños se lo trasladó a Guayaquil por las autoridades municipales de la época”, dice Sergio González, un adulto mayor morador del pueblo.

En Guayaquil se lo ubicó en las calles 10 de agosto y Pedro Carbo. En el 2011 el actual Gobierno lo devolvió al pueblo. “Desde ahí todo cambió. Comenzó a llover, la tierra volvió a ser fértil y se respiraron nuevamente aires de optimismo”, agregó González.

“Hace unos meses estuvo visitándonos un turista colombiano. Un viudo de más o menos 40 años. Llegó solo y nos contó que desde el fallecimiento de su esposa diez años atrás, no había encontrado una pareja que lo acompañe. Se acercó con mucha fe a San Biritute, lo acarició tal como le indicamos que debía hacer y después de unos minutos se fue. La sorpresa para nosotros fue verlo regresar a los cuatro meses acompañado por varios carros de amigos y familiares. Y lo más importante, con su novia y un sacerdote que los casó en la iglesia del pueblo”, menciona Genoveva Tumbaco, que habita frente de la pequeña iglesia.

Los habitantes actualmente subsisten con la cría de animales -chivos, gallinas y algunas vacas-. En los tiempos de la sequía no había ni pasto para alimentar al ganado, aducen los pobladores.

Por la tarde en Sacachún se ve a los adultos sentados al pie de sus viviendas con la mirada en el horizonte. Quizá en espera de las visitas de sus familiares o de algún turista que les cambie la rutina.

Sus casas son de dos plantas y de madera. Algunas con bloques decorativos en su exterior. La planta baja sirve como bodega o negocio, mientras la vivienda es la parte alta.

Agradecen al Gobierno actual la ayuda que les otorgó para adecentar sus casas que estaban deterioradas, luego de los malos tiempos de la sequía.

En estos días algunos comuneros de recintos vecinos hacen esculturas esculpidas en madera y elaboran réplicas de figuras prehispánicas encontradas en el sitio. Son exhibidas los fines de semana. Los visitantes las adquieren.

Un personaje del pueblo es Arcadio Balón, quien con su pareja, Ángela Suárez, tienen la única panadería del pueblo. Dueños de un horno de leña, producen lo que sus vecinos consideran como el mejor pan del mundo. (F)

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