La diosa de ébano que apagó su memoria

Pionera del modelaje al desnudo en Guayaquil e inspiración para algunas generaciones de artistas ecuatorianos, Hilda Thomas posó para Pablo Picasso. Ahora vive en el asilo Carlos Luis Plaza Dañín.

30 jul 2018 / 16:41

Lucía vestidos coloridos, turbantes preciosos y grandes joyas. Pintaba sus ojos con una pronunciada línea negra que cubría la mayor parte de sus párpados. Ahora, de sus prendas atrevidas, solo conserva tres turbantes: dos sencillos que suele usar de vez en cuando y un tercero, largo, que olvidó para siempre cómo atar a su cabeza. No recuerda la mayor parte de su vida. Así es el Alzheimer.

En el Guayaquil de antaño, en la década de los setenta, Hilda Thomas hizo tambalear los conceptos de las familias sobre las buenas costumbres. Su piel como ébano, una cabellera frondosa y entrelazada. Su rostro de diosa y sus ganas de sobresalir como modelo en un sistema machista, inspiraron a varios artistas ecuatorianos, y la llevaron a posar para grandes pintores, como el mismo Pablo Picasso.

Se enamoró y se casó con el pintor argentino Edmundo González cuando él tenía 47 años y ella, apenas 20. Recorrió infinidad de países acompañando al que llama el “único amor de su vida”. Dejó su patria, sus amigos, su comodidad y —como un alma libre— entró al mundo del arte europeo como musa de inspiración.

Juntos, vivieron en Quito, Tucumán (Argentina) y Perú. Viajaron a Europa en un barco bananero. Visitaron Libia, las Islas Canarias, Venecia, Verona, Roma. Fue en esos 5 años, cuando Picasso la convirtió al cubismo y con su figura exótica en el mundo occidental, posó —según recuerdan sus allegados— para grandes exponentes del arte del siglo XX.

La salud de Hilda comenzó a deteriorarse en 2008, a sus 73 años, tras una serie de incidentes. Además de iniciar su Alzheimer, un bus urbano la atropelló camino a casa del artista Tony Balseca, quien trabajaba en ese entonces en la fase final de una escultura al desnudo para la que Hilda posaba. La obra posteriormente fue parte de una subasta organizada por el Museo Antropológico de Arte Contemporáneo, para ayudarla a salir de la crisis.

“Una mujer imponente”. Así la recuerda Cristian Levi —productor cultural y amigo cercano de ella— con su maquillaje estilo cleopatra y su turbante. “No le temía a nada, ella vivía su presente”. Hoy, esa mujer de carácter fuerte, necesita compañía para salir a la calle, pues corre el riesgo de no reconocer su camino de regreso.

A medida que Hilda fue perdiendo la memoria, sus pertenencias también fueron desapareciendo. Nunca fue buena administrando el dinero; tal como lo admitía hace cinco años cuando hablaba de ‘La tertulia de Hilda’, restaurante que abrió junto a Edmundo en 1982, ya de vuelta en Ecuador.

Ubicado en Hurtado y Lizardo García, en el sitio vendían platos típicos ecuatorianos y de cocina internacional. Ella era experta en mariscos, por eso la hueca se mantuvo por trece años, hasta cerrar por falta de fondos.

La muerte de su amado en los 90 no la sumergió en pena, pero sí acabó con su estabilidad. “Fue ver la decadencia de un grande”, comenta su amigo Levi.

Nunca tuvo hijos y su familia no la visita, pero eso no le molesta. “Todo el mundo está ocupado, casi no vienen pero yo lo dejo pasar. Yo me siento bien”, dice.

Cuando de recordar a su esposo se trata, su demencia senil le da tregua. Ella asegura que sus mejores momentos, los vivió con él. “Fue amor a primera vista, él me vio y eso le bastó”, dice.

Al preguntarle para cuántos artistas ha posado, sonríe con una expresión que pareciera decir que no importa para cuántos, sino para quiénes. “Yo me atreví lo que otros no, a pintores de aquí y cuando viajé con mi esposo por todo el mundo”.

A Hilda nada le sorprende, porque sabe que lo vivido fue disfrutado. “El arte para mí es importante, es mi vivencia y parte de mi pasado”.

La mujer del sincretismo cultural fue grande una vez. No pudo “pedirle más a la vida, porque la vida me lo dio todo. Yo he sido amada y mi hombre me amó hasta la muerte”.

Hilda fue sencilla pero nunca simple y sus fotos desafiantes quedarán en la memoria de Guayaquil, aunque ya no en la de ella.

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