La ignota ciudad semisilvestre

El 37 % de la geografía de Guayaquil lo conforman remanentes de ecosistemas naturales. Una riqueza turística poco aprovechada.

03 jun 2018 / 00:02

A menos de quince minutos de Puerto Hondo (al pie del km 17 de la vía a la costa), Marquiño, como le gustan que lo llamen, deja de considerarse un ser humano para transformarse en uno de esos elementos protegidos por el decreto ministerial de noviembre del 2002, que declaró zona protegida los interminables canales bordeados de manglares y toda su población de especies naturales.

Marquiño -Marcos Pelayes Suárez, su nombre- dice que es parte de ese mundo. “Nací aquí (Puerto Hondo), mi padre me enseñó a alimentarme del estero y aún en estos días lo sigo recorriendo para sobrevivir, como uno de los 20 pescadores que faenamos en estas aguas”.

El Salado, aquel laberinto de agua y árboles de mangles repartidos en 10.635 hectáreas, es una especie de traspatio de Guayaquil y tal como sucede con las propiedades de la mayoría de los porteños, es la parte a la que se ha recurrido -para bien o para mal- cuando la familia creció: se le quitó espacio para levantar paredes. Más de la mitad de la ciudad se levantó sobre esta ciénaga y, sin embargo, aún conserva parte de su riqueza natural.

En algún tramo aledaño a Puerto Azul (estero Plano Seco) existe un grupo determinado de cocodrilos. No solo eso, todo el Salado está poblado de mamíferos vertebrados, aves, reptiles, anfibios y crustáceos.

¿Es turístico? Hace 20 años la fundación Pro Bosque hizo un experimento. “Con el objetivo de proteger a la lora frentirroja, organizamos a los pobladores de Puerto Hondo en un proyecto de turismo. Las familias obtenían ingresos. El estero es un gran atractivo que no se explota turísticamente”, dice Raquel Molina, quien trabajó en ese programa.

Daniel Arias, quien tiene 10 años como guía turístico, y hace año y medio está radicado en Guayaquil, dice que esta ciudad tiene precisamente en sus reservas naturales un potencial que nadie aprovecha. “Está rodeada de áreas protegidas. Muy cerca y accesibles. En mi caso, yo aprovecho llevando turistas europeos a la zona de senderos del parque Samanes, para la observación de aves. Acá, eso se puede hacer hasta en el parque lineal del estero (cerca al puente 5 de Junio)”.

Un 37 % del área territorial de esta ciudad es remanente del ecosistema natural. La mayoría de estos, como el caso del estero, muy próximos y poco conocidos.

Ronald Game es un abogado que cada fin de semana se junta con amigos y realiza viajes rurales en bicicletas -el 2013 hicieron los 790 kilómetros del Camino a Santiago (España)-, conoce de la belleza que oculta o conserva esta ciudad. Sectores como los cerros Paraíso, Bellavista y Azul. Algunos, por referencia; otros, porque los recorrió, como el Área 507, un punto referencial de los ciclistas en Cerro Azul. “Llegar a la punta, a 450 metros sobre el nivel del mar, implica tener una vista espectacular de la ciudad. La escalada vale la pena”.

Una experiencia similar han vivido vecinos de la cooperativa Voluntad de Dios, en los extramuros de la ciudad y aledaño al bosque protector Papagayo, 3.602 hectáreas de un territorio que aunque explotado por haciendas, conserva la belleza escénica de bosque tropical. Un sector en el que los habitantes de Voluntad de Dios reconocen la presencia de animales silvestres. Tierra adentro han observado desde monos aulladores, aves y hasta venados.

Una biodiversidad que vale la pena recordar a propósito del Día del Ambiente, que se conmemora cada 5 de junio.

Tanta belleza que sin embargo, según la opinión de Daniel Arias, tiene carencias: no se promociona y son sitios en los que no hay información ni implementación de seguridad para el turista. Ambas cosas, la mayor de sus debilidades.

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