El metropolitano que le dijo no a Vietnam

Antonio Mehler, portero de 69 años, fue expulsado de EE. UU. También tuvo que irse de Israel por la guerra del Yom Kippur.

16 oct 2017 / 00:00

Traje azul, botas negras, bigote simétrico y viseras de lentes. Así luce Antonio Mehler, de 69 años, de lunes a viernes. Parado en una esquina frente a la Caraguay, lanza un mensaje a vendedores informales, borrachos y adictos que invaden aceras. “Tiene tres opciones: se mete al mercado a vender; me acompaña donde está el resto de los oficiales; o se queda aquí y espera a que me lo lleve con todo”.

Pero su trabajo como policía metropolitano no siempre tiene acción. A veces cambia el tolete por la escoba. Y cuando llegan los aspirantes a agentes, se convierte en el ‘teacher’ de inglés; ha formado a siete promociones.

Su padre, Jacobo, era alemán y judío, pero su familia lo excluyó por casarse con una manabita: su madre. La decisión suponía romper la “casta familiar”.

Jacobo llegó a Ecuador huyendo de la Segunda Guerra Mundial, pero murió cuando Antonio era niño. Como su progenitora no podía mantenerlo, quedó a cargo de su tía Judith, quien vivía en Nueva York. Sobreviviente de un campo de concentración nazi, fue la única que los aceptó.

Pudo ir a la guerra de Vietnam cuando obtuvo una beca en el Manhattan Community College, pero en 1968 “ver cómo los soldados regresaban sin brazos o piernas era impactante”. Tuvo tres alternativas: tres años de cárcel, combatir o “largarse”. Escogió la tercera; hoy se arrepiente: “Habría vivido. Soy un diablo”, dice. Podría ser el guayaco que sobrevivió a la guerra...

Entonces pensó en buscar sus raíces judías. El consulado de Israel lo ayudó a cruzar el continente. Su apellido lo salvó.

Fue tres años voluntario en ‘kibutz’, donde aprendió hebreo. Visitó Tel Aviv, Jerusalén y Puerto de Eilat y recibió entrenamiento paramilitar. Su genio se endureció al punto de que, en el cuartel, lo conocen como el Señor de los Iracundos.

En 1973 otra guerra se cruzó en su camino: la del Yom Kippur. Durante el conflicto, “el Gobierno no seguiría manteniendo a extranjeros”. Lo expulsaron a los 24.

Regresó, esta vez a Quito, donde se había instalado su tía. Trabajó unos meses en una compañía de machetes, hasta que su madre lo contactó y le pidió que la visite en Guayaquil. No fue idílico, pero sirvió para acompañarla en sus últimos días, tras un cáncer de útero.

Hoy vive en el Guasmo Sur con Rosa (tras 43 años de matrimonio) y uno de sus tres hijos: Bernardo. David Jonathan, que tenía síndrome de Down, murió hace tres. El otro, José Luis, se independizó.

Mientras espera su jubilación, sigue plantando cara a quienes consumen droga y alcohol en la vía pública. Aunque ya no tenga la fuerza de antes, guarda su sentencia favorita: “¿Me quieres matar? Bienvenido al club, coge tique, siéntate y espera tu turno”.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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