Las huellas que deja el bullying

Los golpes desaparecen, pero las secuelas psicológicas se trasladan hasta la edad adulta. Recogemos varios testimonios.

27 may 2018 / 00:00

Las consecuencias del bullying o acoso escolar (maltrato físico o psicológico) no son en absoluto transitorias. No se trata de un padecimiento que el niño sufre durante un tiempo razonable y luego olvida; es un problema que debe tratarse desde el momento en que se detecta, porque las secuelas que se revelan en la edad adulta pueden ser muy serias.

Especialistas afirman que los niños que han sufrido bullying padecen una serie de trastornos que dificultan su etapa adulta porque les ha llevado a padecer problemas psicológicos como pérdida de confianza en sí mismo, depresión, ansiedad, tristeza, que, incluso, puede llevarlos a perder la vida.

Tal como sucedió con Britany, de 11 años, quien murió hace dos semanas como consecuencia de golpes propinados por sus compañeros de aula en un colegio público de Guayaquil. En diciembre del 2017, William, un menor de 12 años, del mismo colegio, se ahorcó porque también era víctima de bullying.

En Guayaquil hay varios casos de violencia escolar como el de Britany y William que, a pesar de no haber terminado en muerte, han dejado marcas a largo plazo en la vida de los agredidos y agresores.

Ana B., por ejemplo, empezó a ser víctima de bullying en una escuela pública de la ciudad, cuando tenía ocho años. Ella era un poco gordita y enseguida se quedó sola. Cada vez más sola. Entonces se fue encerrando en sí misma, no se atrevía a hablar, ni a mirar a los ojos de los demás. “Ir a la escuela era horrible, especialmente después de que mis compañeros comenzaron a pegarme; pero nunca dije nada ni a mis padres ni a mis maestros”, relata aún con tristeza.

Ahora Ana tiene 30 años y ya no es gordita. Cuenta que durante su infancia y adolescencia sufrió trastornos de personalidad. “Nunca duraba en los trabajos que conseguía e incluso me sentía incapaz de mantener una relación de pareja o confiar en algún amigo”.

Fue entonces que decidió buscar ayuda psicológica con la que dice haber superando sus traumas y recobrado su seguridad. “Estuve cinco años en terapia y las cosas fueron cambiando. Ahora me siento con valor para contar lo que me pasaba y también con valentía para nunca más dejarme agredir”, asegura.

En cambio, Marlene M. comenzó a ser acosada a los 13 años, cuando se cambió de plantel. Cuenta que en el aula, en el patio o en los baños la arrinconaban y la insultaban sus compañeros que eran más altos que ella.

“Me decían que apestaba, que era fea y que no sabía vestir. De tantas veces que me lo dijeron, me costó mucho convencerme de que no era así, incluso hasta muchos años después de que dejaran de acosarme”, cuenta la ingeniera comercial, de 29 años.

Este es uno de los grandes problemas del acoso; cuesta mucho trabajo recuperarse, añade, al asegurar que ha superado las secuelas más graves, como el miedo, la depresión, las ganas de vengarse y la inseguridad. Pero enfatiza que en ocasiones todavía se pone nerviosa al recordar aquello. “Para mí es como una herida que aún está cicatrizando y que duele un poco al tocarla”.

José S., de 35 años, también fue víctima del bullying en su edad escolar cuando esta palabra aún no se conocía. “Mis compañeros me golpeaban, pero yo también golpeaba a otros para desquitarme”, narra aquel hombre sin sonrisa en su rostro, mientras muestra sus manos y piernas con algunas cicatrices que marcaron la época en que era agredido o él era el agresor.

“Yo no me meto con nadie, pero tampoco me dejo de nadie. Siempre estoy a la defensiva”, remarca, quien aún tiene las mismas pesadilla de niño, donde el acoso escolar era el protagonista.

La mayoría de los acosados señalan que no tuvieron la ayuda de sus maestros a quienes en ocasiones le hicieron saber lo que sucedía. Tampoco confiaron en sus padres por el temor de que estos vayan al colegio a denunciar el hecho y los agresores tomen represalias.

Actualmente hay un protocolo de actuación ante situaciones de violencia detectadas o cometidas en el sistema educativo, pero pocos docentes, alumnos y padres lo conocen. De allí que acoso escolar existe, pero todos deben trabajar para evitarlo.

El apoyo en la familia y en el colegio son importantes

Rosendo Bustamante, psicólogo educativo, menciona que la persona que sufre o ha sufrido bullying tiene que tener la percepción de que hay una solución y que en todo momento va a recibir la ayuda que requiere. “El niño necesita encontrar un fuerte apoyo en la familia y en el centro educativo por parte de sus maestros”.

Si desde la familia se quiere aliviar las consecuencias de haber sufrido bullying la mejor manera es de mostrar al niño que pase lo que pase siempre recibirá el apoyo incondicional. “Tenemos que creerle, comprenderle y apoyarle en todo momento”, acota la profesional.

En cambio, Mayra León, psicóloga clínica, dice que a largo plazo las personas que sufrieron bullying siendo niños, cuando son mayores presentan una sensibilidad especial para el estrés y una peor condición física para responder a él en el futuro. Además tienen mayor riesgo de enfermedades físicas.

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