Los intocables

26 feb 2019 / 12:44

    Uno de los aspectos más graves de la violencia contra la mujer es que tiene caras inesperadas. Puede venir de un padre, un hermano, una pareja, un amigo. Puede gestarse en ambientes comunes de confianza, en lugares donde sería lo último que podría suceder, pero sucede. Y tal cómo han mostrado los últimos acontecimientos en el país con casos como los de Martha y Diana, esta realidad es más frecuente y dolorosa de lo que alguna vez habíamos pensado.

    También esconde incontables abusos encerrados en una ola de silencio, muchos de los cuales seguramente nunca lleguen a conocerse. No obstante, y aún frente a este escenario, podemos afirmar que hoy existe un avance. Hoy es más común hablar de la violencia contra la mujer, sensibilizarse sobre el tema, denunciarlo.

    La visibilización de estos hechos y más que nada la valentía de las víctimas para sacarlos a la luz, ha logrado una enorme diferencia en los últimos años. Las (cada vez más) denuncias han sacudido la estructura bajo la cual los victimarios se suelen esconder y proteger: el temor y consecuente silencio de las víctimas, la falta de sensibilización de profesionales del derecho y sistemas de justicia sobre este tipo de delitos, y la indiferencia general de la sociedad sobre abusos que por mucho tiempo fueron normalizados. Las consecuencias no se han hecho esperar.

    Hoy uno de los actores de televisión más conocidos a nivel mundial, Bill Cosby, probablemente pase sus últimos años en prisión por abuso sexual. El mismo destino comparte Larry Nassar, médico terapeuta del equipo olímpico de gimnasia de los Estados Unidos, por el abuso contra un centenar de jóvenes gimnastas. Y mientras estos procesos judiciales sucedían, el New York Times publicaba un reportaje que contenía un detalle de décadas de abusos por parte de uno de los productores más famosos y exitosos de Hollywood: Harvey Weinstein, quien enfrenta judicialmente una decena de cargos, tanto en Estados Unidos como en Reino Unido.

    Este podría parecer un recuento innecesario, pero la significancia de estos hechos no tiene precedente. Ver a abusadores de alto perfil, a personajes que alguna vez se creyeron intocables tras las rejas ha sido un poderoso mensaje para todas las víctimas, quienes han entendido que sin importar quién sea el victimario, sus denuncias serán escuchadas y atendidas. Las víctimas ahora saben que los tiempos han cambiado.

    No en vano el reportaje sobre Harvey Weinstein puso en marcha el movimiento #MeToo, que ha mantenido durante todo este tiempo la discusión sobre la mesa, logrando una repercusión global y acogiendo además más acusaciones de alto perfil como la denuncia por violación presentada contra Cristiano Ronaldo, reportada por Der Spiegel.

    Estos personajes de alto perfil constituyen también una cara inesperada. Es difícil pensar que individuos con vidas tan públicas, que profesionales con tantos logros, que hombres de familia tan admirados, pudieran ser capaces de cometer delitos de esta naturaleza. No obstante, la violencia de género suele estar íntimamente entrelazada con relaciones de poder y es por eso que una carrera con gran reputación —que en la mayoría de casos viene acompañada con una favorable posición económica— ha resultado ser un incentivo más que lograr un efecto disuasivo en los casos antes mencionados, principalmente por las esperanzas de impunidad que le otorgan al abusador.

    Pero la efectividad de este modus operandi se está resquebrajando, y hoy Latinoamérica es testigo y protagonista de estos nuevos tiempos. Este mes vio la luz una acusación contra uno de los personajes políticos más respetados de la región y del mundo. El dos veces presidente de Costa Rica y premio Nobel de la Paz, Óscar Arias, fue denunciado penalmente por abuso sexual.

    Luego de que la primera acusación se hiciera pública, seis mujeres más se sumaron a los testimonios de abusos por parte de Arias, y una de ellas, ex Miss Costa Rica, presentó la segunda denuncia penal. Leer el relato de esta última muestra la situación de revictimización a la que se enfrentan las mujeres en los casos frente a abusadores de alto perfil: cinco abogados se negaron a llevar su caso antes de poder encontrar al profesional que la acompaña ahora. En estos momentos, es deber de la justicia costarricense determinar la culpabilidad o inocencia de Arias.

    No es coincidencia que la primera acusación del movimiento #MeToo en la región se haya dado en Costa Rica: uno de los países socialmente más progresistas y con uno de los mejores sistemas de justicia de Latinoamérica. Este hecho envía un mensaje importante al movimiento feminista latino y es que la lucha contra la violencia de género se debe empezar a gestar principalmente sobre dos pilares: el cultural y el judicial. En ambos aspectos queda un largo trecho por recorrer, pero la marcha ha comenzado.

    Una sociedad que amplifique la voz de las víctimas, que las apoye en su dolor, que construya un ambiente de seguridad para denunciar y que le otorgue la importancia que se merecen estos casos; y, un sistema de justicia eficiente, imparcial, independiente y especializado, que entienda cómo tratar a las víctimas de abuso durante todo el proceso y que no falle en relación al poder de las partes sino a los hechos y la ley, son dos premisas necesarias para que intocables sepan que ya no lo son más.

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