Hacia la igualdad

Madrid /
06 mar 2019 / 13:03

    Mi primer acercamiento con la palabra ‘feminazi’ fue hace casi dos años. La leí en redes sociales como un insulto a una mujer de parte de un anónimo escudado tras una cuenta de Twitter recién creada. Pese a su gran significado, no le di mucha importancia.

    Meses después, su uso se había masificado. Ya no solo lo utilizaban hombres, sino también mujeres que decían no estar de acuerdo con que se forme un “movimiento radical para hacerle contra a los hombres”. Un concepto erróneo. Pero no fue hasta que un amigo cercano la usó para referirse a mí, que entendí que el camino que las mujeres tenemos que recorrer para alcanzar la igualdad de derechos iba a estar lleno de obstáculos impuestos —incluso— por seres que dicen querernos, pero que no parecen estar muy dispuestos a apoyar nuestra lucha.

    Ese pequeño capítulo de mi vida regresó a mi mente la semana pasada, cuando —en un viaje turístico a Alemania— visité el campo de concentración de Sachsenhausen; un lugar al que fueron llevadas miles de personas (especialmente presos políticos, judíos y gitanos) durante la época del nazismo para realizar trabajos forzados que terminaban en tortura y muerte. Los perseguían, detenían y asesinaban por ser quienes eran. Una escena que se me asemeja a lo que hace el machismo.

    Durante estos días también ha estado recorriendo por Madrid un bus de una asociación denominada HazteOir.org, que incluye un rótulo con el mensaje: “No es violencia de género. Es violencia doméstica. Las leyes de Género discriminan al hombre”. Y junto a la frase, una imagen de Hitler con el hashtag #StopFeminazis.

    ¿Cómo nos pueden comparar a las feministas con seres tan atroces como los nazis si somos nosotras las asesinadas a manos de hombres? ¿Por qué la gente no puede entender que tenemos derecho a las mismas oportunidades laborales, a decidir sobre nuestro cuerpo, sobre nuestro futuro, a ganar los mismos sueldos, a ser respetadas, tener el mismo acceso a la educación, a dejar de ser “amas de casa”, a vivir sin violencia, a no ser discriminadas, a no ser juzgadas, a que las autoridades judiciales nos crean?

    Más de mil razones son las que nos mueven.

    Un ejemplo de la desigualdad se demuestra en un informe presentado por el Banco Mundial el pasado 27 de febrero. En el documento se detalla que “a nivel mundial a las mujeres solo se les reconocen apenas tres cuartas partes de los derechos legales de los que gozan los hombres, lo cual limita su capacidad para conseguir empleos o empezar un negocio y tomar las decisiones económicas que sean más beneficiosas para ellas y sus familias”.

    Solo seis países en todo el mundo —Bélgica, Dinamarca, Francia, Letonia, Luxemburgo y Suecia— reconocen a mujeres y hombres los mismos derechos legales en las áreas examinadas en la investigación. Una realidad alarmante.

    Y pese a estos resultados nos siguen cuestionando y llamándonos exageradas.

    Este 8 de marzo, las calles del mundo se volverán a llenar de mujeres que saldremos a exigir un mejor presente, un mejor futuro. Por nosotras, por nuestras familias, por nuestras amigas, por nuestras jefas, por las que están debajo de nosotras en la cadena laboral y por todas aquellas que ya no están, porque fueron víctimas de un sistema machista. Y estoy segura de que también saldrán hombres que creen que ya es hora de que todos juntos avancemos hacia la igualdad.

    LAS OPINIONES VERTIDAS EN LOS BLOGS Y ARTÍCULOS DE OPINIÓN RECOGEN EL PUNTO DE VISTA DE SUS AUTORES Y NO NECESARIAMENTE LA POSICIÓN DE ESTE DIARIO.

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