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Juan carlos zevallos vacuna
En la Asamblea preguntaron varias veces a Juan Carlos Zevallos por qué se vacunó entre los primeros. El ministro no quiso responder.Cortesía

Zevallos renuncia a la confianza pública

Mientras el plan piloto de vacunación tambalea, el ministro de Salud saca provecho personal de su posición de poder público

La semana de Juan Carlos Zevallos, ministro de Salud, empezó en la Asamblea y terminó en la Fiscalía. Había hecho vacunar contra el coronavirus a su señora madre pasándose por el forro todos los planes y protocolos aprobados por él mismo, mientras descuidaba el cumplimiento de los planes de vacunación en los hospitales públicos. Sobre lo primero podía disculparse; sobre lo segundo, corregir. Incapaz de asumir sus más elementales deberes de ejemplaridad pública, el ministro no hizo ni lo uno ni lo otro. Al contrario: se justificó, mintió y se puso bravo. Predicó retorcidos valores disfrazados de afecto filial. Llamado a rendir cuentas ante la Comisión de Salud del Parlamento, despachó vagas evasivas. El Pleno, insatisfecho, pidió su dimisión por apabullante mayoría: 121 votos a favor, cuatro abstenciones. En cuanto a la fiscal, Diana Salazar, halló evidencia suficiente para investigarlo por tráfico de influencias. El coctel quedó servido: un proceso político del que difícilmente saldrá bien librado; un proceso penal que arranca mañana con su versión previa y un juicio moral del que ya no tiene escapatoria: Juan Carlos Zevallos abusó de su poder y traicionó la confianza pública. ¿Y el Gobierno? Lo aplaude, es su estilo.

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Los hechos son del dominio público. El miércoles 20 de enero llegó al país el primer cargamento de vacunas: 8 mil escasas dosis que fueron recibidas como maná del cielo por las más altas autoridades del Estado y que entrarían de inmediato “a la capilaridad del país”, según la poca feliz metáfora de la vicepresidenta Alejandra Muñoz. Había un acuerdo nacional indiscutible: esas pocas vacunas serían administradas al personal médico y sanitario de primera línea y a los internos más vulnerables de los ancianatos del país. Para tal efecto, el Ministerio de Salud publicó una lista de 81 hospitales y 14 centros geriátricos. Arrancaba así la fase piloto del Plan Vacunarse.

En los papeles, todo muy bonito. En la práctica, no pasaron tres días antes de que salieran a la luz las fallas de organización y las vivezas criollas. “La vacuna ha pisado suelo ecuatoriano”, había dicho la vicepresidenta con incomprensible lógica; pues bien: pronto empezó a caminar con pasos chuecos. En el Hospital Vicente Corral Moscoso, en Cuenca, los médicos protestaron porque se estaba vacunando al personal equivocado. En el Carlos Andrade Marín, de Quito, las dosis fueron para trabajadores del área administrativa, una de cuales incluso fue destituida para sentar un precedente: “Sobraron las vacunas -dijo ella en su descargo- y para que no se desperdicien nos dijeron que nos pongamos”. ¿Sobraron las vacunas? No en Guayaquil: el viernes pasado, nueve días después de su llegada, en el Teodoro Maldonado Carbo habían sido inoculados apenas tres personas. Tres. En resumen: el caos.

Y en medio del caos, los caprichos del ministro. El sábado 23, cuando el Plan Vacunarse tambaleaba, Zevallos decidió visitar un hospital que no consta en la lista del plan piloto, o sea que no fue considerado un caso de emergencia (el Hospital de Los Valles, en Quito), y llevar hasta allá una brigada de vacunadores. Al frente de ese hospital hay un condominio para ancianos: el Senior Suites Rivera del Río, de Cumbayá, donde vive la octogenaria madre del ministro y que tampoco consta ni podría constar en lista alguna porque ni siquiera es un centro geriátrico, es una residencia donde la gente compra o renta departamentos para instalar ahí a sus mayores y contrata personal de enfermería o cuidado si es que quiere. Aprovechando que se encontraba ahí, Zevallos cruzó la calle para hacer la visita de buen hijo y se fue llevando la brigada. No hay información oficial sobre cuántas personas fueron vacunadas en el Senior Rivera del Río, aparte de la madre y el personal que la atiende, porque el Ministerio se la tiene bien callada. Lo averiguó, sin embargo, Carolina Mella, del medio digital Primicias: “un grupo de residentes, conversando -reportó la periodista-, contó que fue vacunada solo ella y el personal que la cuida”. Zevallos no sabrá organizar un plan de vacunación medianamente decente pero es el hijo del año.

Lo que sigue es una serie de mentiras, medias verdades, contorsiones retóricas, chantajes emocionales y hasta desplantes de gallito con los cuales el ministro Zevallos pretende justificar su conducta ante la opinión pública y algunos altos funcionarios del Gobierno tratan de defenderlo. La secretaria de Comunicación, Caridad Vela, y el secretario general del gabinete, Juan Sebastián Roldán, brillaron en este triste intento. ¿Y Lenín Moreno? ¿Apoya a su ministro? “Cien por ciento -respondió Vela-, el presidente y todo el gabinete”. Nada raro para un político que vivió en Ginebra, en uno de los barrios más caros de una de las ciudades más caras del mundo, cobrando por encima de los 30 mil dólares mensuales del contribuyente sin ser funcionario. El sentido de ética pública no es, precisamente, una de las fortalezas de este Gobierno.

El lunes, en la Asamblea, antes de que se le preguntara nada, quiso curarse en salud Zevallos y se puso en evidencia: “El hospital de Los Valles -dijo- es parte de la macrorred de salud y tienen tanto derecho los médicos que trabajan y laboran en esa institución como los médicos que están en el IESS”. El argumento es una cortina de humo: no se trata de tener o no tener derechos; al fin y al cabo, derecho a la vacunación lo tiene todo el mundo. Y las mamás de todo el mundo. Se trata de que había un plan en el que se establecían prioridades. Y que ese plan y esas prioridades fueron burlados por la autoridad encargada de ejecutarlos y hacerlos respetar.

Con más experiencia política que el ministro, Sebastián Roldán disimuló: en lugar de reconocer que el plan y las prioridades del Ministerio son letra muerta, prefirió mentir directamente: “El Gobierno tiene un plan de vacunación claro -dijo- y en este primer plan piloto están en juego los médicos que están en primera línea y los geriátricos. El geriátrico del que hablamos sí estaba en la lista, por supuesto que sí”. Roldán no tiene sangre en la cara. Habla como si la lista de hospitales y centros geriátricos incluidos en el plan no hubiera sido publicada. Mentira doble: ni el Senior Suites Rivera del Río estaba en la lista ni es un centro geriátrico. Sin embargo, Caridad Vela hasta le dio un estatuto hospitalario: lo llamó “centro geriátrico del Hospital de Los Valles”. Y dijo que se empezó por ahí porque por algún lado había que empezar. Brillante.

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Toda una movida para justificar el abuso de recursos públicos cometido por un ministro. Porque la única verdad es que Juan Carlos Zevallos vacunó a quien quiso porque pudo. Punto. Ojo, que el vacunado no es cualquiera, es su santa madrecita. Cierto, y esa es quizá la peor parte: el chantaje emocional como argumento. “Si mi mamá estuviera viva -justificó Caridad Vela- yo también quisiera que la vacunen a ella mañana”. Alerta: ¿cuántos ministros tienen a sus madres vivas? Porque lo que la secretaria de Comunicación está diciendo es que a todos ellos les asiste el derecho de robar insumos sanitarios públicos para atenderlas. Porque pueden. Ella, al parecer, lo haría.

Así mismo Zevallos: “Lo hice -dijo en un video- en mi calidad de ministro, en mi calidad de doctor y en mi calidad de hijo”. ¿Alguien piensa que estuvo mal?, se pregunta. Y se responde: “Difiero, con todo respeto, con ese criterio sobre este histórico proceso que se ha realizado”. Histórico: el número de vacunados en el Senior Suites Rivera del Río es igual o mayor al número de vacunados en el Teodoro Maldonado Carbo. Porque el ministro de Salud es un buen hijo. Luego dice Zevallos: “No soy político, no entiendo de política”. Falso: diez meses después de asumir su cargo, él maneja como nadie los códigos del populismo.

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Juan Carlos Zevallos se jacta de haber conseguido las vacunas de Pfizer para el Ecuador gracias a sus contactos internacionales. Quizá por eso se sintió con derecho a ser uno de los primeros en recibir su dosis. ¿Él es personal de primera línea?

En cuanto a la vacunación de Lenín Moreno, en cambio, se tejió un vergonzante secretismo. Inexplicable, pues nadie habría criticado que un presidente de 67 años y víctima de una discapacidad recibiera su vacuna. Sin embargo, si Sebastián Roldán no lo contaba a la televisión colombiana, el país no sabría.