Cuando Rossi me mando a comprar loteria

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Cuando Rossi me mando a comprar loteria

Elecciones. Alejandro Domínguez ocupaba el cargo interino en el organismo por Napout. Ayer en los sufragios fue respaldado.

Cuando Néstor Rossi pisó el gramado del estadio Capwell, el escenario parecía quedarle chico. Esa noche del 21 de mayo de 1952, el argentino entró a la cancha con sus botines relucientes, su cabello engominado para atrás y sus imponentes metro ochenta y cinco, vistiendo la camiseta celeste de Millonarios de Colombia.

Entre la alineación de Los Millonarios destacaban Alfredo Di Stefano y Julio Cozzi, quienes formaban el Ballet Azul, apodados así por los comentaristas colombianos de la época por ser un equipo de superestrellas, producto de los atractivos sueldos estrafalarios de las tierras cafeteras.

Venían a vengarse del atrevido Barcelona Sporting Club, quienes ya en el 49´ los habían superado 3-2. En ese entonces, yo era suplente, ahora estaba de arquero titular.

Me equipé y salí a la cancha, con unos pupos gastados, que había llevado en una funda de papel, junto a un buzo negro y las manos peladas, llenas de callos, que hacían de guantes, y que me sudaban por los nervios, como si se tratase de un par de tapas de ollas.

Al pitazo inicial del árbitro, la bola no tardó mucho para cruzar. Rossi armaba la jugada desde el medio campo, con una potencia y creatividad envidiables. Daba el pase a correr y habilitaba a Di Stefano en la delantera, cerebro del ataque. El ‘Flaco’ Rossi parecía tener el botín pegado a los pies: gambeta iba, gambeta venía.

Y fue entonces cuando, después de un pase del ‘Flaco’, Di Stefano se perfiló de manera mortal, cerca del arco. Sacó la pierna y pegó un escopetazo, de esos que lo hicieron famoso, con precisión de cirujano. Me lancé para la derecha y en esa volada, abracé al balón, sin rebote, como si hubiese nacido cosido entre mis brazos.

El estadio enmudeció por segundos para luego reventar de locura. Las 25 mil personas que buscaban sentarse hasta en los pisos de las gradas aplaudían a rabieta. Los nervios habían desaparecido y mis manos ya no sudaban. Había entendido que los más grandes del planeta estaban ahí para hacer todos los goles que pudiesen, pero que yo estaba ahí también para evitar que los hicieran.

Nos fuimos a los camerinos, empatados por cero. Salimos al segundo tiempo con la orden de nuestro técnico, Jorge Muñoz Medina, de “es ahora o nunca”. Y no demoraría en llegar un tiro libre a favor de Barcelona, cobrado por José ‘Pelusa’ Vargas. El tiro no pudo ser controlado por el arquero Cozzi, y rebota, a lo que aprovecha el argentino Juan Deleva y hace el tanto de la victoria para Barcelona.

Pero con el gol, la furia de los Campeones del mundo había despertado. Una aplanadora avanzaba sin dar tregua entre las defensas amarillas, Eduardo Spandre y Juan Benites, se las ingeniaban para contener muchas de las jugadas del ‘Flaco’ Rossi. Pero el contingente a veces quedaba corto: Di Stefano y Rossi pateaban, una y otra vez y yo parecía adivinar hacia dónde iba el balón, como empujado por un hilo invisible que se ataba con las piernas de los albicelestes.

Vinieron más tiros, a ‘boca de jarro’, de los argentinos. La cara de Rossi se enrojecía cada vez más ante cada intento. Escupía de la furia, insultaba, movía los brazos, reclamando en desesperación. Estábamos a minutos de que el honor de los Millonarios se manchara una vez más ante lo que ellos consideraban un equipo chico.

Y llegó el pitazo final. Barcelona lo hacía una vez más, esta vez por 1-0. “Que Barcelona ganó, que millonarios perdió”, era el cántico que ensordecía de todos los asistentes del Capwell, que invadieron la cancha para alzar en brazos a los héroes de la ciudad.

Salíamos entre el festejo, por el túnel del estadio, cuando se me acerca Rossi, apretando los dientes, encarándome y gritando como un toro enloquecido “¿Por qué no te comprás lotería hijo de p...? ¡Porque te la sacás seguro!”. Y en medio de la rabia se perdió hacia los camerinos.

Millonarios volvió al año siguiente, también le ganamos, pero esta vez ya no jugaba Rossi, ni Di Stefano. Nunca compré el número de lotería, ni le hice caso al flaco. Para mí había sido suficiente premio aquel aplauso monumental que retumbó en el Capwell y que pareció estremecer el resto de la tierra... durante un buen tiempo.