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Los peluches compartieron la tumba de Karlita y Ashley

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El “¡ojalá pudiera devolver el tiempo, para verte de nuevo, para darte un abrazo y nunca soltarte!” de un tema musical, acompañó el traslado de los pequeños féretros blancos hasta el cementerio general de Milagro.

Los padres, abuelos, demás familiares y vecinos de las pequeñas Karla Mujica y Ashley Flores, de 2 y 3 años de edad, no podían contener el llanto y dolor a lo largo del cortejo fúnebre que a las 10:30 de ayer acompañó a las niñas hasta su morada final. Las menores murieron ahogadas la noche del miércoles, tras caer al río Milagro, desde sus casas ubicadas en la ciudadela San Miguel.

María Betancourth, abuela de las infantes, recordaba con tristeza que sus dos nietas “siempre se tomaban de la mano y andaban juntas para todo”. “La más grande siempre le decía a la pequeña ‘yo te quiero’... se me van mis dos nietas, las más chiquitas ¡Dios mío!”, lamentaba entre sollozos la mujer.

Los pequeños cofres fueron retirados de la vivienda donde las velaban y llevadas hasta la capilla San Pedro, ubicada junto al río donde las pequeñas perdieron la vida.

En el interior del templo, una multitud se congregó para elevar oraciones por las almas de las niñas.

“Ellas no tienen pecado alguno, son dos angelitos que regresan a la presencia del Señor”, manifestó el sacerdote durante su homilía, minutos antes de impartirles la bendición, ante el dolor de sus familiares y amigos.

Mientras se desarrollaba la santa eucaristía, en los exteriores las hermanas Gabriela y Viviana Cortez observaban un pequeño peluche que una de ellas tenía en sus manos, y les recordaba la tragedia. Karla y Ashley, aparentemente, cayeron al río mientras jugaban con un peluche. Algo que no se ha podido confirmar.

“Es la última vez que la voy a ver a mi hija...”, decía Augusto Mujica, padre de Karla.

A pocos pasos, Stalin Flores también lloraba por la pérdida de su pequeña Ashley, mientras era sostenido por dos familiares.

Los minutos previos a la sepultura fueron dolorosos. Mariuxi Palacios lloraba frente a su hija Ashley y el de su sobrina. Colocaron unos peluches dentro de las cajas. Eran parte de los juguetes que compartían las menores. “¡Perdóname hijita, perdónennos hijitas lindas!”, repetía una y otra vez la madre segundos antes de que sellaran las bóvedas donadas por el Municipio. ATR

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