En Pedernales aún viven en carpas

Hay familias que están a la espera de la ayuda estatal prometida cuando faltan tres meses para el segundo aniversario del terremoto. Se sienten olvidados.

14 ene 2018 / 00:01

Algunos se fueron por sus propios medios. Otros salieron favorecidos en proyectos de la reconstrucción, pero para los que se quedaron en los asentamientos en Pedernales (Manabí), las cosas están igual o peor porque las carpas y los plásticos que los protegen están cada vez más dañados.

A tres meses de cumplirse dos años del terremoto del 16 de abril de 2016, el sentir de estas familias es el olvido, pero solo ven desde los medios de comunicación cómo se desvían los recursos que se supone son para ayudarlos. Cuando acuden a pedir información sobre la entrega de viviendas, la palabra que más escuchan es “espere”.

Al costado derecho de la vía Pedernales - Jama, hay varias carpas. En una de ellas viven Agustín Gracia y María Ayosa con sus diez hijos, el menor tiene apenas un mes de nacido. “Vivimos aquí porque no tenemos adónde ir. Se aguanta sol y la lluvia se mete a la parte donde duermen los niños”, sostuvo el padre de familia.

En todo este tiempo no han recibido ayuda, más que la de un estadounidense que les dejó una carpa, que ahora los cobija del frío por las noches. En varias ocasiones han sido visitados por funcionarios que les han tomado los datos, pero hasta ahora no han recibido un dato certero de su reubicación.

La vecina de la familia, Norma Martínez, vive con sus cuatro hijos en un espacio que ha levantado con cañas, zinc y plástico, sobre una extensión de concreto de una construcción incompleta. Ella trabaja esporádicamente descabezando camarón, con los pocos ingresos que tiene se provee de alimentos y sustenta los estudios de sus pequeños.

Comparte sus penas con su amiga Rocío Bustamante, quien vive una situación similar, en una estructura improvisada también de plástico, junto a la casa de su madre.

Las dos mujeres relatan que antes del terremoto vivían en casas rentadas y que a raíz de la tragedia no les quedó más que levantar un lugar para dormir como sea. “Con mi mamá estuvimos haciendo papeles para meter carpeta y que nos den casita, pero más que gastamos en esos trámites y copias, porque no estamos en las listas”, comenta Bustamante. Martínez cuenta que sí logró ingresar su documentación y los funcionarios públicos le han pedido que espere desde hace un año aproximadamente. Está cansada de la misma respuesta.

En la vía que conduce a La Chorrera, unos tres asentamientos permanecen. Los que se han quedado afirman que no tienen más opciones y no han perdido la esperanza de que sean favorecidos con un nuevo lugar donde vivir.

Mientras tanto, el sol recalienta sus carpas por el día y por la noche el viento y las lluvias los dejan vulnerables. Los plásticos y lonas con los que dan forma a sus hogares se han rasgado. El color azul eléctrico de sus carpas ahora es un opaco celeste, que a la mínima fuerza se rompe.

Karina Zambrano vive en uno de estos lugares desde los primeros días después del terremoto. Al principio, tanqueros de agua los abastecían de forma gratuita, les llegaban donaciones alimenticias y una que otra ropa. Ahora el panorama es distinto. Los reservorios del líquido vital los llenan por uno o dos dólares, no tienen luz ni otro servicio básico. Entre ellos tratan de apoyarse para sobrevivir y los que tienen la posibilidad de un trabajo salen a buscar un poco de dinero.

Han tenido reuniones con personal del Ministerio de Desarrollo Urbano, asegura Zambrano, por lo que espera que pronto les den buenas noticias para su reubicación.

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