El sombrero fino se teje con la tradición

Su confección demora en promedio dos meses. La Unesco lo considera un patrimonio intangible. Un producto emblemático.

05 ago 2017 / 00:01

Consuelo Jimbo entrelaza las espigas con una pasmosa rapidez. Vestida con el tradicional traje de la chola cuencana, ubicada en un pequeño portal con una pared de madera y barro y bajo una tenue luz, la mujer muestra la habilidad de sus manos. Más que eso: teje y enseña con orgullo la tradición del sombrero de paja toquilla.

A sus 9 años, ella comenzó a aprender este oficio de su madre. Ya tiene 27 años tejiendo la calidad de los sombreros en la fábrica Homero Ortega, ubicada cerca de la terminal terrestre de Cuenca y desde donde se exportan unos 180 mil sombreros al año, a 28 países.

Con casi cinco generaciones en este negocio, esta familia ha hecho de su fábrica una especie de museo gratuito para conocer la historia del sombrero de paja toquilla, declarado por la Unesco como un patrimonio intangible de la humanidad.

En un recorrido que no demora más de media hora se puede conocer sobre su procedencia, en una visita guiada. En sus salas se cuenta que el sombrero de paja toquilla “posee hondas raíces ancestrales” y que los españoles, al desembarcar en costas ecuatorianas, vieron a los nativos cubrirse la cabeza con extrañas prendas tejidas, “semejantes a alas de vampiro”.

Para el siglo XIX su comercialización se extendió en la costa ecuatoriana. Montecristi, en la provincia de Manabí, es quizá el lugar más reconocido por sus sombreros. Cuenca, en la Sierra, es su contrapeso.

Franco Pesántez, de la Fundación Municipal Turismo para Cuenca, explicó que este es considerado un “producto emblemático” del país. Y da sus razones. Recuerda que aunque durante muchos años fueron conocidos como ‘Panama Hat’, con un trabajo incansable se ha podido difundir que su real procedencia es de Ecuador.

¿Pero por qué se los conoció como Panama Hat? Según datos del Archivo del Banco Central en Cuenca, resulta que debido al intenso sol que enfrentaban durante la construcción del canal de Panamá, los ingenieros encontraron en esta prenda dos cualidades que la hicieron imprescindible para protegerse del inclemente sol caribeño: ligereza y frescura. Desde Panamá, el sombrero se internacionalizó y la gente comenzó a confundir su procedencia, agrega Pesántez.

Mientras atiende a una familia que lleva dos sombreros finos de regalo a los Estados Unidos, Alicia Ortega, hoy líder de la fábrica, dice que este es un producto estrella en las exportaciones del país: “La calidad del tejido es un arte”, sentencia. (F)

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