“Aplaudo la bravura de mi gente para tirar a matarse por la vida”

Entrevista a Ivo Uquillas Bermeo

16 abr 2017 / 00:01

El bramido de la tierra sacudió a Manabí hace un año, como los tonos agudos hacen vibrar las cuerdas vocales de un cantante de ópera. Ivo Uquillas percibe a la implacable fuerza de la naturaleza sobre la tierra que lo vio nacer, como una canción y una danza. Esta música trágica ha convertido a sus hermanos en un cuerpo de baile que se ha movido al ritmo de la adversidad y el dolor para reconstruir su tierra a punta del trabajo y del coraje que tiñe a la identidad manabita.

- Si las calles de Manabí pudieran hablarle en este momento, ¿qué cree que le dirían?

- Que debo estar siempre alerta. La piel de nuestra provincia ha sufrido un embate de la naturaleza. Durante este año hemos tenido más de tres mil réplicas y a eso debemos darle lectura, a la naturaleza.

Al año del terremoto, ella nos vuelve a recordar, con las inundaciones, que somos parte de ella.

- Usted dice que una de las principales características de los manabitas es el empuje. ¿Cómo los describiría?

- Esa lucha de nuestra gente es admirable. Yo me siento orgulloso de ser manabita. Yo comencé a recorrer (la provincia) en las madrugadas, a contemplar esa nada que pintaba el paisaje de día y de noche. Había una poética visual profunda que dolía mucho y que poco a poco se fue convirtiendo en lucha.

- ¿Cuánto cree que ha cambiado la mentalidad del manabita después de esta tragedia?

- Se acabó eso de que debemos ser humildes y que eso te obligue a soportar que te aplasten. Al manabita se le formó una coraza interior. Es bravo ante la vida y eso es bueno, porque le permite enfrentar otro embate natural o humano y da paso a que la gente en silencio esté labrando, elaborando, golpeando los días para seguir levantándose.

- ¿Con qué colores pintaría la realidad actual de la provincia?

- Yo, a partir de ahora, después del año del terremoto, le pondría todos los colores, incluso los no inventados. Después de este año de reflexión profunda y de sumirnos en un grado enorme de tristeza, tenemos derecho a la vida y a la alegría. Coincidencialmente, después de este Domingo de Resurrección, espero que todos volvamos a resurgir con fuerza y cantarle a la vida que estamos vivos y que comencemos a soñar y a colorear.

- ¿Qué le produce recorrer las calles de Portoviejo, donde radica, y ver espacios vacíos y paredes cuarteadas?

- Me pongo a meditar en que la mayoría de las partes donde las estructuras se cayeron eran zonas antiguas de la ciudad, donde más uso se le dio a la tierra. A veces pienso en muchas poblaciones de la antigüedad que desaparecieron y buscaron otros lugares para reconstruir la ciudad. Llegué a pensar en algún momento que nos está pasando eso, ¿y por qué no a nosotros?

Empiezo a ver esas paredes agrietadas donde vivió la gente. Esas partes altas de las casas donde ya no hay nadie y se han convertido en murcielagueras. La ciudad arriba está abandonada todavía, nadie quiere subir las escaleras.

- Entre los escombros, el dolor y la muerte, ¿rescata algo positivo?

- Una de las cosas que nos dejó el terremoto es que comenzamos a querernos, indistintamente. Los ecuatorianos debemos de asumir esa lección. No es a Manabí que le ha pasado, es al país.

- ¿Cree que el manabita se acostumbró a la tragedia?

- Se quedó eso pegado en los ojos, es parte de nuestra historia. Queramos o no, ya Manabí tiene grietas en la estructura de su nombre. Yo creo que los espacios trágicos están allí y la gente pasa y ya tiene en su horizonte lo que va a hacer en el día, ya la gente está planificando su futuro.

Eso de acostumbrarse, no creo. Los manabitas somos muy apegados a los recuerdos, y llevamos el pasado metido en los bolsillos y constantemente lo vamos sacando para contemplarlo. Eso es parte de nuestro disfrute.

- De las frases que escuchaba en cada esquina durante este año, ¿cuáles le conmovieron más?

- Una imagen recuerdo. Las imágenes hablan también, son palabras que están allí. Yo iba por el parque Forestal (Portoviejo) en el carro al día siguiente del terremoto y un señor iba en una bicicleta, vestido de duelo. Iba pegadito al filo de la vereda. Pedaleaba lentamente con su cabeza clavada, mirando al piso y atrás en la parrilla llevaba un ataúd chiquito... Lo que más me impactó a mí fueron esas palabras no dichas, esas palabras silenciosas. Nuestra gente callada, sentada en las veredas, sin nada atrás.

- ¿Qué cambiarías de lo que ha pasado este año?

- No cambiaría nada. La gente buena se comportó como tal, los que tienen el corazón abierto se comportaron como tal. La gente se desnudó. Yo aplaudo la lucha de mi gente, la bravura para poner el pecho y tirar a matarse por la vida.

El país entero se movió, fue un acto hermoso enorme. Hay que atesorar el gesto humano. A veces pensamos que somos eternos y nos revestimos de un ropaje inútil de orgullo, pero esto nos pone a reflexionar de lo efímeros que somos.

- ¿Qué cosas le duelen aún?

- El recuerdo. El primer golpe, porque esa fue la canción que no tuvo compositor, la canción de la descomposición. Esa canción dura que venía del fondo de la tierra, como bramido, que iba quebrando rocas, hierro, concreto, metales, ladrillos, latas, cuerpos... Esa música enorme que iba revuelta, mezclada de gritos, de sangre. Eso es lo más duro. Y después, la danza. Esa danza oscura porque de golpe se vino la noche.

Esa locura desenfrenada de buscar sin saber dónde te lleve la brújula, ese momento de histeria y de cierto descontrol. Y la gente gritaba que se venía un tsunami y que se desbordaba Poza Honda (represa en Santa Ana)...

Y esa oscuridad también alcanzaba al saber. El conocer qué amigo tuyo se fue, qué familiar tuyo se fue. No sabíamos qué dimensión tenía el desastre.

- ¿Cuáles son sus sueños para Manabí?

- Aspiro a que todo esto pase, a que la naturaleza se calme, que volvamos a tener una cierta normalidad que nos permita reconstruirnos bien, sin pausas. Pero la naturaleza nos busca constantemente y debemos tenerle paciencia, tolerancia.

Mi gran sueño es que nuestro pueblo vuelva a ser gente alegre, esa que era un jolgorio de pájaros en las esquinas, conversando, disfrutando. Poco a poco estamos retornando a eso.

- ¿Qué palabras escogerías para escribirle un poema a Manabí en este año?

- Te amo, Manabí golpeada. Te amo así, herida. Deja que con mis manos cubra tus grietas y vuelva a construir soles enormes de amor para verte grande, para verte bella para siempre, mi eterna Manabí.

Déjame tocarte, amor. Déjame curar la herida de tu carita partida. Déjame pintar los colores de la piel de mi gente, sobre el lienzo triste de tus soledades. Secar tus lágrimas, sembrar nuevas semillas.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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