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El éxito póstumo de Lucía Berlín

‘Manual para mujeres de la limpieza’ continúa en la lista de los más vendidos. Los relatos ahondan en la adicción, el amor y la soledad.

13 ago 2017 / 00:00

Una mujer brillante con una vida caótica, la obra de Lucía Berlín a duras penas fue reconocida en vida. Sin embargo, su éxito póstumo arrasó con las estanterías, sobre todo el año pasado tras el lanzamiento, primero en inglés y luego en español, de ‘Manual para mujeres de la limpieza’.

El libro recoge algunos de sus cuentos más emblemáticos y, de ellos la crítica ha dicho maravillas.

Y es que, aunque la obra recopila historias de adicción, amor y soledad, lo hace con encanto, excelentes diálogos y un arsenal de imágenes que cautivan al lector.

Berlín escribía con el corazón. Era una trotamundos consagrada y, a la vez, una adicta en perpetua recaída y recuperación.

Fue mujer de la limpieza, enfermera de Urgencias, recepcionista y telefonista en hospitales y, también, profesora. Tuvo una madre horrible, que las odiaba a ella y a su hermana. También tuvo tres maridos y cuatro hijos, y un montón de problemas con el alcohol. Murió de cáncer de pulmón, y pasó sus últimos días en el garaje de uno de sus hijos.

Mil vidas en una mujer que sabía cómo usar la pluma en captar breves historias que, a la vez, reflejaban los episodios más intensos de su propia historia.

Los relatos fueron rescatados por la editorial Farrar Straus and Giroux y por sus amigos, quienes se aseguraron que estos fueran conservados tal como Berlín lo hubiese querido.

Su obra ha sido comparada por los críticos literarios con la de Hemingway y Carver. Y, con obvias diferencias, los cuentos coinciden con muchos elementos de este último autor, sobre todo la capacidad de saltar de una cosa a otra, como quien mira una habitación llena de trastos y mira sin orden, pero sabiendo perfectamente de qué habitación se trata.

En realidad, el momento mágico de su escritura llega cuando el orden se revela y uno comprende que todo tiene su lugar por desconcertante, emotivo o cruel que parezca, y que la vida, como la escritura, consiste en ser receptivo y no dejarse vencer por la apariencia de los demonios.

Al respecto, Lydia Davis, otra gran cuentista norteamericana, dice “la escritura de Lucía tiene nervio. Cuando pienso en ella, a veces imagino a un maestro de la percusión tras una batería enorme, tocando con ambas manos indistintamente una serie de tambores y platillos, mientras controla los pedales con los dos pies. No es que su obra sea percusiva, es solo que pasan muchas cosas a la vez. La prosa se abre camino a zarpazos en el papel”.

Berlín empezó a publicar en los años sesenta y escribió setenta y siete relatos hasta que falleció en 2004.

Cuando esta hablaba de su propia obra decía que estas historias eran, no solo un acto inconsciente, sino también uno de expiación.

“Los cuentos dicen cosas de mí que no fui capaz de reconocer en el momento en que los escribía. Cuando digo en Lavandería Ángel que el indio y yo estábamos conectados, que nos reflejábamos en el mismo espejo... Me estaba diciendo a mí misma, estúpida e idiota de mí, que era alcohólica y tardé 20 años en darme cuenta de que la historia quería decirme eso”, señaló en una entrevista.

Por esto mismo, Berlín siempre sostuvo que en todo buen relato, debía producirse “una mínima alteración de la realidad. Una transformación, no una distorsión de la verdad”, porque “lo que nos emociona no es identificarnos con una situación, sino reconocer esa verdad”.

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