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J. M. Coetzee y su triunfal retorno a la ficción

El nobel de literatura lanza ‘Los días de Jesús en la escuela’. La obra narra la vida de un niño en una sociedad utópica

19 mar 2017 / 00:02

“Segundas partes nunca fueron buenas”. Con esa cita de ‘Don Quijote de la Mancha’, J. M. Coetzee inicia su nueva novela, ‘Los días de Jesús en la escuela’.

La obra es la secuela de ‘La infancia de Jesús’, novela publicada a mediados de 2014.

Y aunque Jesús Nuestro Señor no es mencionado ni una sola vez dentro de ambas obras, estas sirven como una especie de parábola moderna.

La primera transcurre en una sociedad utópica que responde al improbable nombre de Novilla, cuyos habitantes hablan español.

En la secuela, los protagonistas, Inés y Simón, padres putativos de David, un niño de seis años, se han trasladado al paraje igualmente abstracto de otra ciudad, que en esta ocasión se llama Estrella.

La educación formal de David tiene lugar en una Academia de Danza, donde se adiestra a los niños en la ciencia de los números, entidades primordiales que “están en el cielo, donde viven con las estrellas”. El proceso educativo consiste en “llamarlos para que desciendan, adiestrando el alma en la dirección del bien”.

Antes de llegar al escenario de la narración, los personajes tuvieron una vida de la que no guardan memoria, tan solo sombras de recuerdos que se han ido desvaneciendo hasta hacerles creer que la única vida real es la que les es dado contemplar de manera tangible.

Dada su edad, David tiene más presentes que los demás las sombras de sus recuerdos, aunque carece de palabras para expresarlos debido a que “junto con el mundo que se ha perdido, se ha perdido el lenguaje capaz de evocarlo”.

Los días de Jesús en la escuela son una propuesta narrativa en extremo radical.

A diferencia de sus emblemáticas obras previas como ‘Desgracia’ o ‘Esperando a los bárbaros’, en esta aparece un Coetzee cuya manera de entender la ficción ha experimentado un cambio drástico, consistente en llevar a sus últimas consecuencias el proceso de despojamiento del lenguaje, reduciendo el arte de narrar a sus elementos esenciales.

Con respecto a esta evolución, el autor ha dicho que “sentir un despego creciente con respecto al mundo es algo que sucede de manera natural a muchos escritores. Con la edad se vuelven más fríos, la textura de su prosa se adelgaza, la acción y los personajes se hacen más esquemáticos. La explicación habitual de este síndrome es la merma del poder creativo, y sin duda está relacionado con la pérdida de fuerza física y sobre todo del deseo”.

El esquematismo de la narración se concreta en diálogos de corte socrático en los que se indaga acerca de los orígenes de casi todo: el lenguaje, la vida, la naturaleza del sexo y del deseo, la génesis biológica de los seres humanos, el pacto social, el carácter que debe tener la educación del hombre.

Coetzee aborda estas y otras cuestiones a través de las preguntas que formula un niño de seis años a las que los adultos responden con naturalidad.

Avanzada la narración, el argumento da un giro que parece tomado de una novela de Dostoievski.

La lectura de ‘Los días de Jesús en la escuela’ es una experiencia extraña y desoladora.

El despojamiento de la prosa se traduce en un despego emocional que deja al lector sin asideros. Lo mejor, como ocurre con las obras finales de Beethoven, es dejarse arrastrar por el misterio, y es lo que el lector también debe hacer. La recompensa es altamente gratificante, tanto estética como intelectualmente.

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