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Grosero atropello

14 mar 2017 / 00:02

    Las Fuerzas Armadas, en el imaginario de la revolución ciudadana, no significan casi nada. El presidente las ha tratado mal, se ha expresado de modo grosero con ellas y ha arremetido contra sus mandos superiores cuando estos no se le han postrado.

    Son múltiples e irracionales los cambios en la jefatura de sus ramas, y atropelladas las decisiones para buscar, de entre los oficiales menores, aquellos en condiciones de ejecutar las disposiciones y caprichos sin chistar, en detrimento de la dignidad y el honor que, como soldados, le deben a la patria y a su institución.

    Ahora, a propósito de la dinámica electoral, los jerarcas del régimen han salido de nuevo con sus acostumbrados arrestos y soberbia. Correa acusa al comandante general del Ejército de insubordinación y ordena su inmediata baja, con el justificativo de que sus declaraciones atentan contra la institucionalidad del Estado.

    Lo que el general Luis Castro dijo se adecua al mandato constitucional que dispone la obligación que tiene la entidad armada de proteger la transparencia del proceso electoral y garantizar que el pronunciamiento ciudadano sea respetado.

    Siguiendo la línea de su jefe, el ministro de Defensa aduce ahora que el papel de los miembros del estamento militar debe reducirse única y exclusivamente a cuidar el transporte de las cajas y el material, como si aquellos fueran simplemente guardianes físicos elementales, con solo la capacidad de detectar si un cartón está averiado, si le ha caído la lluvia y ha perdido su brillo, o si la cinta adhesiva no ha sido suficiente para sellarlo.

    Detrás de todo ello, sin embargo, se agazapa el verdadero objetivo del Gobierno: no ceder el poder de ninguna manera e instrumentar, como quiera que sea, el procedimiento que les permita mantenerlo, no ser sujetos de ninguna investigación, y no perder el disfrute de los recursos públicos, que los consideran propios.

    ¿Mostrará nuestro soldado la otra mejilla?

    colaboradores@granasa.com.ec

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