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2017: rehacer un Guayaquil verde

05 ene 2017 / 00:02

    Al iniciar el 2017 debemos recomenzar un proceso que corresponde al pasado pero que, hoy más que nunca, es indispensable para la sustentabilidad de nuestra ciudad: la necesidad y urgencia de lograr un Guayaquil verde.

    La urbe de ayer, de escasa extensión, se recorría en poco tiempo. La memoria retenía y recordaba sus espacios verdes. Hoy eso ya no existe. Han desaparecido los manglares, los árboles en los patios, en las calles y en los barrios, en los que había mangos, tamarindos, ciruelos, almendros, ceibos, guayabos, guayacanes, etc.

    Pocos sitios del ayer todavía perviven. Algunos dicen que las urbes pagan un elevado precio por la modernización, el desarrollo y el progreso. Lo cierto es que el costo es demasiado alto, especialmente cuando el avance del hierro y el cemento lleva a la reducción de las áreas verdes de las ciudades.

    Guayaquil en las cinco últimas décadas está viviendo bajo el síndrome de un crecimiento acelerado de edificios, ciudadelas y barrios en los que las huellas del hormigón van haciendo desaparecer cada vez más los pequeños nichos de verdor de la ciudad. Ya son muy pocos los parques donde aún la familia puede ir a enseñarle a sus hijos cómo son los árboles de ceibos, acacias, laureles, etc., y los que existen están amenazados con una pronta desaparición. Esta contradictoria situación ambiental y singular proceso que experimenta la ciudad como consecuencia de su crecimiento debe llamar a la reflexión a los guayaquileños. Es inevitable su expansión y progreso, pero esto no debe darse al alto costo de perder y extinguir el Guayaquil verde. Es preciso que las instituciones sociales y gubernamentales, así como los organismos de educación de todos los niveles y los maestros, se comprometan a reconstruir el espacio vital y la conciencia ecológica de los habitantes de Guayaquil para que el verdor no sea solo historia del ayer.

    Esta es una tarea que compete a todos y para la cual no hay que escatimar esfuerzos. Debemos concretarla en planes, programas, tareas y acciones permanentes en los que se involucren a la totalidad de los habitantes e integrantes de la ciudad.

    Es necesario que el Guayaquil verde no sea una utópica quimera sino una realidad, producto de la tarea responsable de todos. Con esta meta será posible que la urbe crezca y progrese sin perder las referencias de una ciudadanía ecológicamente comprometida.

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